miércoles, 1 de febrero de 2017

Entresemana


Si tú me quieres dejaré de conducir,
puedo coger trenes y también el autobús. 
Dejaré de cocinar lo que no quieras comer,
de escuchar canciones en francés. 

Ya no iré con los amigos a bailar,
quitaré el papel de flores que hay en la pared.
No saldré hasta las mil, ni usaré el abrigo azul.
Y todo esto haré solo por ti. 



domingo, 18 de diciembre de 2016

Sobre todo los domingos.


En este cajón no se está tan mal. Hace tiempo que me he acostumbrado a la oscuridad y a la humedad del interior de la mesilla de noche. Este no es un lugar bullicioso. Aquí no pasa mucho excepto cuando abres el cajón y te asomas desde las alturas entre la luz cegadora. Eso sucede de vez en cuando, más a menudo de lo que cualquiera estaríamos dispuestos a admitir. Algunos domingos, y festivos. A veces también entre semana, casi siempre por la noche, cuando nadie puede molestarte y nos observas con los ojos tristes. Pero sobre todo los domingos. La verdad es que no sabría decir cuanto tiempo llevo convertido en recuerdo, he perdido la cuenta. Mi piel ahora es papel fotográfico y mi brazo derecho rodea eternamente tu cintura con todo el océano a nuestra espalda. La luz ocasional es un breve destello que se sucede entre ciclos de oscuridad. La única manera de saber que ahí fuera continúan pasando los días es prestar atención a los sonidos que se filtran por entre la madera. Si me fijo puedo escucharte hablar, e incluso también escucho a tu gato maullar muy cerca de la mesilla, como si supiera que hay algo extraño al otro lado. También escucho a otras personas, a veces. Pero la mayoría del tiempo no hay nada. Y entonces me concentro en intentar girar mi mirada hacia la misma foto que me contiene. No soy capaz de ver mucho de aquel océano, pero si muevo un poco mis ojos puedo ver tu pelo encaramándose a mi hombro derecho. Y aunque sea ateo he dado gracias a todos los dioses que conozco por esa brisa marina que hace que algunos de tus mechones impacten en mi cuello. Supongo que podría ser peor y que se está bien aquí. Se está bien.




Saboreo la humedad
que se pudre en las paredes.
Y pido asilo a toda la mediocridad,
Pero no, no lo pido por favor,
sino por piedad.



lunes, 22 de agosto de 2016

Debacle.


No sé cuántas vueltas he dado ya sobre el colchón, mientras me intento convencer de que el calor y esta maldita humedad son los responsables de mi insomnio. Como si intentase ignorar todo lo que llevo en el cuerpo y todo lo que se revuelve dentro de mi cráneo. He decidido que no merece la pena seguir intentándolo esta noche, y que lo mejor es levantarse y salir a buscar ingenuamente el contacto de cualquier brisa que se atreva a penetrar en las calles de la ciudad. Me separo de las sábanas empapadas en un charco de sudor y no puedo evitar fantasear con la posibilidad de alguien encontrando, días después, otra mancha reseca de un líquido diferente y más viscoso, y un cuerpo inerte y en paz descansando sobre ella. Pero tengo claro que si alguna vez quisiera descansar, todo sería mucho más limpio y formal. Sin vecinos que se percataran de la situación, sin bomberos tirando la puerta abajo ni desconocidos deambulando por el salón o tocando cualquiera de las cosas que ahora puedo percibir entre la oscuridad de la habitación.

Bajo por las escaleras buscando a tientas el tabaco en mis pantalones y la sensación térmica en el rellano es tan agobiante que casi puedo sentir cómo centenares de invertebrados se desplazan entre las paredes y las tuberías, al amparo del calor. Pero al pisar la acera puedo sentir el frío y agradable abrazo del viento llegando desde el mar, que después de tanto tiempo desde que se fue el sol no encuentra oposición para enfriar mi cuerpo. Y al mismo tiempo que me alivia me recuerda que no todo es una puta mierda, destrozando la teoría que he adoptado en mi cabeza y que me ha ayudado a sobrevivir últimamente bajo la certeza de que todo conspira contra mí y que no hay nada más que hacer que dejarse llevar. Pero me doy cuenta de que si hasta mis más férreas convicciones no se mantienen en pie, es que estoy en lo cierto y que las cosas están tan mal como para justificar mi día a día actual.

El cigarrillo ya está ardiendo y la primera bocanada de humo se extiende por mis pulmones. Echo a andar hacia el puerto y mis pasos me llevan por algunas de las calles más populares de la ciudad, desiertas a estas horas. En una de ellas me detengo a contemplar el exterior de un café que lleva el nombre de una ciudad situada en otras latitudes y bañada por un mar que siempre me inspiró desconfianza y respeto por su fiereza, pero que al mismo tiempo me parecía mucho más solemne y puro que el que se extendía a unos centenares de metros del mismo café frente al que consumo el Lucky. La imagino en el mapa y recuerdo las horas al volante que pasé para poder caminar por sus calles y subir a lo alto a contemplar las olas y los acantilados que convivían con el ir y venir de miles de personas. Recuerdo aquel tercer piso en el barrio de pescadores, ajeno al ajetreo del resto de la ciudad, pero a la vez lugar privilegiado para observar las nubes, el cielo y mar, y los edificios y las montañas que aquellos parecían cobijar.

El recuerdo de aquellas semanas de invierno en aquel pequeño palacio vuelve a mí cada vez que paso por el café. También ella se pasea por mi cabeza como un habitante más de mis pensamientos, aunque no uno cualquiera. La puedo ver sentada frente al escritorio de la habitación, trabajando y escribiendo mientras yo no me atrevía a abandonar el rincón desde donde la observaba. Desde allí, a veces me atrevía a lanzarme con unos acordes o con un suave punteo en mi guitarra. Podía sentir un pequeño acelerón en mi corazón cuando se volvía hacia mí y me sonreía, y mis dedos temblaban sobre las cuerdas incluso después de que su mirada hubiese vuelto al papel. Se había llevado las cartas que le escribí tiempo antes, quizá para recordar cómo era mi mente antes de que se me saltasen los plomos ahí dentro, y ella las releía mientras me hacía el dormido o mientras parecía demasiado ocupado intentando descifrar las nubes a través de la ventana de la habitación. Verla así, concentrada, como un neurocirujano a altas horas de la noche buscando un diagnóstico que no llega, me reconfortaba bastante. Pero no tanto como el contacto con su piel, o el roce de su pelo en mis mejillas y, a veces, en mis dedos. 

Ahora creo que he aprendido a vivir lejos de aquello. O a sobrevivir, mejor dicho. Ya sabes. Se me da bien arrastrarme de un lado a otro, de la cama a la cocina, y a la cama otra vez. He dejado atrás el café y he llegado al puerto de la ciudad. Está a punto de amanecer y la luna se ve una vez más condenada a desaparecer. La brisa se ha transformado en viento y ahora hasta creo que tengo frío. Va siendo hora de arrastrarme hasta casa y habré de acelerar un poco el ritmo si quiero evitar cruzarme con cualquier persona. Me gusta pensar que esta ciudad es solo mía, como alguna vez fue solo nuestro aquel exquisito rincón del casco viejo.



Padre, dígame si es incurable
esta enfermedad,
que es poder apreciar
cosas buenas aquí, 
con sensibilidad,
y saberme a la vez tan incapaz
de disfrutarlas igual que hacen los demás.

Y si ahora le rezo,
Padre, ha de entender,
que es porque tengo miedo
y no porque tenga fe.

martes, 19 de julio de 2016

Accidente geográfico.


Lo he notado cuando estabas a punto de subir al coche. Cuando he vuelto de dejar las cosas en el maletero, me he detenido un instante y te he visto a través del cristal de la ventanilla, mordiéndote ligeramente el labio inferior y pensando qué coño hacer. Pero lo entiendo, es normal. Cualquiera hubiera dudado conociendo mi historial como lo conoces tú. Y quiero decirte que no me molesta y que te lo estoy diciendo porque, a pesar de todo, te has subido y estás aquí a mi lado. Pero tienes que saber que al volante soy la persona más segura del mundo, y que llevo pensando días en este momento y que no tienes nada de lo que preocuparte. Aunque era una carretera difícil, estamos aquí sanos y salvos. Una carretera entre montañas y a pocos centímetros de un vacío de 40 metros hasta el mar.  Pero una carretera conocida, mil veces recorrida, y he tomado las medidas necesarias, hoy y ayer, para no hacer una irresponsabilidad. Y a pesar de esos shorts, y tus piernas de vértigo apoyadas sobre el salpicadero que me han hecho dudar en más de una curva. Tal vez ese era tu plan. Si te pasase algo no soportaría vivir con la culpa, o con cualquier mínima responsabilidad sobre mis hombros. Y si de pronto decides tirarte por el acantilado, tienes que saber que yo iría detrás de ti.




Lo mejor del sol,
a puñados yo te lo doy.

miércoles, 6 de julio de 2016

Desencanto.


He vuelto a amanecer a las tres de la tarde y no he podido evitar pensar en esa sensación en mi cabeza, como si se me hubiese fundido algún circuito allí dentro. Llevo un tiempo despertando así, demasiadas veces como para pensar que todo va normal, y no soy capaz de recordar si esta sensación comenzó hace un par de semanas o si lleva aquí instalada varios meses ya y es ahora cuando soy consciente de que su presencia no es buena. Es una sensación que describiría como si mi lóbulo occipital estuviese hecho de plomo, como si su peso fuera desmedido. Me inquieta. A veces me pregunto cómo voy a poder arreglarlo. Y otras veces pienso que quizá la he jodido bien, que puede que haya llegado a un punto de no retorno. Y entonces es peor y siento que la cabeza me va a mil y que en cualquier momento puede explotar o simplemente dejar de funcionar.

Hoy lo puedo soportar, y subir la persiana y asomarme a la ventana se me ha hecho relativamente llevadero. He mirado un rato a la calle y he pensado en la cantidad de horas que llevará la gente viviendo su día, circulando de un lado a otro. Si hubiera alguien aquí, cualquier persona, simplemente le contaría que tengo miedo. Creo que nunca le he dicho algo así a nadie. Pero creo que también es cierto que nunca había sentido algo así hasta ahora. Como si pudiera ver miles de sueños, de esperanzas, de planes y de simples momentos de evasión cotidiana desapareciendo, saltando por el acantilado. 

Sí, se lo diría a alguien. Lo pienso ahora y lo diría ahora, porque de aquí a un rato seguramente se me habrá olvidado ese miedo. Pero volverá, porque siempre vuelve. Tal vez la próxima vez que me sienta así sea todo sea tan duro que me obligue a adoptar las medidas necesarias. Y odio ser tan optimista, porque empiezo a creer que la esperanza no hace más que cegarme, distorsionando la realidad . Estoy cansado de decirme que ya se arreglará, que hay tiempo. Tal vez lo haga, aunque sea con las paredes de este piso. Que son las que mejor escuchan, las que ya lo saben porque lo han visto todo. Deseo permanecer en ellas. Me he acostumbrado a salir lo mínimo de casa, nada más que lo mínimo para subsistir. Solo tengo ganas de desaparecer, de huir pretextando ansiedad, de volverme del polvo de los caminos. Y poco a poco lo voy consiguiendo. Me calmo. 




Tendrá que haber un camino,
habrá un camino,
que me lleve donde pueda estar.


miércoles, 15 de junio de 2016

Algo que no acaba.


Me dijo que se había enterado del numerito que monté en aquel concierto, que lo había visto en la prensa musical, y yo alucinando. Le dije que no fue tanto como contaban, aunque realmente no tenía ni idea de qué era lo que realmente contaba la gente. Me preguntó que por qué lo había hecho, que si estaba drogado, y yo le dije que no, que no más de lo habitual en aquel tipo de circunstancias. "Fue porque perdí una apuesta con un colega", le dije. Pensé que me gustaba su cara a medio camino entre la incredulidad y la impaciencia, y casi podía leer en sus ojos que la situación se le hacía cada vez más extraña. Me preguntó que a qué coño había apostado y yo le dije que mejor que no lo supiera. Pero no pensé que me estaba pasando de listo, y que aquella mirada de felino amenazado podría ser un aviso hasta que se sucedieron nuevos y pequeños gestos, un leve descenso de hombros y unos labios que se iban cerrando poco a poco mientras dejaba de mirarme. Cuando tras unos segundos empezó a decirme no sé qué cosa sobre las elecciones, como si me contara que antes de venir se había cruzado con cualquier persona o que mi coche le recordaba al que tuvo su padre cuando tenía cinco años, ya era demasiado evidente que se había cansado de mis cosas. Traté de buscar algún doble sentido que escondiese una lección para mí, o unas palabras de ánimo que no creo que mereciese. Aunque dijese que no, la luz del sol le sentaba demasiado bien. Su piel resplandecía y yo imaginaba cómo sería el contraste al lado de la mía, al otro lado de la camisa. Fuera de aquella conversación, todo mi mundo en aquel momento, el resto de vidas continuaban sin ninguna novedad aparente y los sedimentos seguían depositándose en las playas, como siempre.





Cumplimentando
compromisos
contractuales.

lunes, 6 de junio de 2016

La sopa fría.


Todavía no había llegado y la desesperación comenzaba a imponerse sobre mis esperanzas. El cigarrillo temblaba en mis manos pero no tenía ningún interés en disimularlo, y cuando vi que se había consumido encendí uno más. Intenté tranquilizarme pensando que cuando el país esta en guerra es normal que los  trenes lleguen tarde, pero pensar aquello me puso peor. Faltaban cuatro minutos para las siete de la mañana y la estación estaba en silencio, la gente fumaba o miraba hacia el suelo, como si el pesimismo se adueñase de todo y cada paso o cada simple movimiento costara el doble de energía. Yo solo podía pensar en que casi tres años atrás me despedí de ella en un andén de esta misma estación. Intentaba recordar el número de noches en las que había imaginado sus ojos cada vez que miraba el mar, recordando su brillo al otro lado del cristal de la ventana del tren que la llevaba de vuelta a la capital. 

Lo que más añoraba de aquella despedida era la relativa seguridad de que volveríamos a vernos, porque tres años después todo había cambiado y la incerteza invadía cada pensamiento. Entendí que tras aquella aparente serenidad que destilaban sus movimientos durante aquel último café se escondía la sospecha de que tal vez las cosas ya nunca iban a ser como antes. Ahora yo ya no sabía si aquella iba a ser la última vez que la vería, ni siquiera sabía si podría volver a casa o si no iba a acabar en la cárcel o en algún sitio peor.

Nadie anunció la llegada de aquel tren militar, pero los que lo esperábamos en la estación sabíamos que no podía ser otro. Era uno de los últimos que iba a llegar a la estación y no quería ni imaginar cómo había sido el viaje. Me acerqué a una pared desde donde podía observar todas las salidas de los vagones y abrí la parte superior de mi gabardina sin desentonar entre los sujetos que esperaban y de los que la mitad aproximadamente irían armados. Odiaba a ciertos tipos de personas que la coyuntura había llevado a la ciudad desde que empezó la guerra y deseé, apretando el puño en mi bolsillo, que las cosas fuesen diferentes para poder llevarla al pueblo y pasar la primavera en los valles de la comarca y el verano de cala en cala. Y mientras pensaba aquello la vi bajar del último vagón, enfundada en un abrigo demasiado grueso como para pensar que tenía intención de pasar lo que quedaba de invierno en estas latitudes. Ella también me vio y yo dejé la pared para encontrarme con ella, sorteando en mi camino a otros viajeros entre los que reconocí a algunos políticos a los que acompañaban otros hombres con uniformes importantes. Sentí algunas miradas sobre mí, pero yo ya sabía que mis ojos habían decido que no iba a poder apartar mi mirada de ella hasta el último momento. Nos detuvimos a pocos metros de distancia, uno enfrente del otro. Yo me coloqué las solapas de la gabardina y ella negó ligeramente.

- No sé qué haces, si te las voy a descolocar ahora mismo.
- Solo era un cebo para que te acercases- respondí, diciendo lo primero que se me pasó por la cabeza y felicitándome por haber estado notablemente ágil.

La gente se había esfumado del andén y finalmente nos abrazamos. Yo estuve a punto de desmoronarme al pensar en que estaba más delgada que la última vez, y en la puta guerra, y en que a pesar de todo seguía oliendo a ese perfume que siempre me transportaba a París. Ella me dijo que me había echado de menos y escuchar aquello me reconfortó bastante. Yo también le había echado de menos. Dejamos atrás aquella estación y nos perdimos por la ciudad. Entre sus calles nos concedimos una tregua de un par de horas para recordar algunos viejos momentos y cumplir todas las tonterías que escribimos en nuestras cartas. Nuestros pasos nos llevaron a uno de los sitios que más me gustaban de la ciudad y que conservaba íntegramente su solemnidad pese a los bombardeos.

Entramos en el jardín botánico de la universidad que tantas veces había visitado cuando estudiaba allí. Todavía faltaba una hora para que abriera sus puertas pero no fue difícil entrar porque el director y los últimos botánicos ya estaban allí, recogiendo documentos y tratando de asegurar las muestras y los pliegos que aún quedaban en los despachos. Los grandes árboles creaban una peculiar atmósfera tropical que, junto al resto de plantas y al calor de los invernaderos, hacía que la temperatura del lugar fuese mucho más suave que en el exterior. Superamos la entrada y avanzamos hacia el interior del recinto mientras ella se desabrochaba el abrigo y se adelantaba un poco. Ahora su abrigo militar dejaba entrever un jersey verde sobre el que se dibujaban sus clavículas casi como una pequeña cordillera, con sus valles y sus picos, explorados, que desearía reconocer y cartografiar. Llegamos a la zona donde crecían las especies endémicas y nos quedamos un rato en silencio contemplando la paz que acompañaba a aquel lugar.

- Sabes que me voy, ¿no?
- Sí... no te puedes quedar aquí- contesté con unas palabras que jamás había imaginado que le diría.
- Tú tampoco- dijo, volviendo su mirada hacia mí.
- ¿Dónde?
- Moscú. No hay otra alternativa.
- Te gustará aquello- acerté a decir, mientras pensaba al mismo tiempo en lo bien que sonaba el nombre de aquella ciudad en sus labios y en lo lejos de todo que quedaba. 

Aquella única alternativa era volar hasta Berna en uno de los últimos aviones soviéticos que iban a salir de la ciudad, y desde allí conseguir algún tipo de transporte hasta Moscú. Aquel plan implicaba evitar los aviones enemigos en el Mediterráneo y jugársela atravesando los Alpes suizos, sin la absoluta certeza de poder llegar al destino final una vez en tierra firme. Aquello me pareció relativamente razonable dadas las circunstancias, pero seguía siendo una temeridad y así se lo dije. Ella se detuvo y defendió su plan atacando, sin dejar de mirar las orquídeas del jardín.

- Bueno, mi alternativa es la que es, pero, ¿cuál es la tuya? Tú tampoco te puedes quedar.

Yo me encogí de hombros, porque la mía era, ciertamente, igual o más temeraria que la suya: - Mi plan es esconderme en las montañas de mi tierra- dije mientras me preparaba para anticiparme a su mirada dispuesta a hacerme sentir como un loco.

- ¿Qué dices?
- Es en serio. Nadie conoce mejor aquellas montañas que yo. Nadie sabrá que estoy allí. Conozco cada grieta de cada montaña y cada bosque. He pasado años enteros estudiándolas sin bajar de ellas. Incluso tengo comida y medicinas escondidas por ahí.
- No me convence. No sabes cómo es esa gente, te la juegas quedándote aquí. Aún estás a tiempo de salir por tus propios medios o conmigo.
- Ningún fascista me va echar de mi tierra, querida. Antes muerto.

Y entonces pude ver que sus ojos se apagaban a medida que la rabia era sustituida por la resignación, quizá al comprobar que la magnitud de la tragedia parecía no tener fin. Unas décimas de segundo antes de que aquel mismo sentimiento se adueñase de mí, conseguí desgranarle más detalles de mi plan, confiando en que ella respondería haciendo o diciendo algo que nos hiciera sentir mejor.

- Iré al Sur. La gente pensará que he escapado en barco de la península y no me buscarán. Allí conozco a alguien que podría solucionar las cosas con el tiempo. Creo que podría aguantar cinco o diez años arriba y luego bajaría. Después de todo, no he matado a nadie. Tal vez pueda ayudarme, solo espero que quiera recibirme.

Aquello no sirvió para nada. Casi podía sentir como la distancia nos volvía a separar y que ella empezaba a pensar más en Moscú y en aprender ruso que en exprimir cada segundo conmigo.

- Oye, así al menos dejaré de fumar.

Pero aquel intento a la desesperada para evitar que se desmoronara lo poco que quedaba en pie fue en vano y no hubo ningún tipo de respuesta. Ella se había rendido y volvió su mirada hacia los árboles. Estuvimos unos 20 minutos en silencio hasta que nos decidimos a abandonar el recinto. El sol había empezado a ganarle la partida a la oscuridad, aunque en el botánico existía esa pequeña atmósfera en la que aquellas cosas funcionaban de manera diferente. Me quise despedir de aquellos imponentes árboles con una última mirada y nos dirigimos al río en busca de la parte norte de la ciudad. El aeródromo ya no estaba muy lejos y yo trataba inútilmente de no contar los minutos que nos quedaban juntos. Cruzamos el puente y ella se detuvo unos segundos a contemplar el cauce. Dijo que le recordaba a su tierra, y yo no supe qué decirle para que olvidara que no sabía cuando iba a poder volver a casa. Solo pude abrazarla y esperar que mi comprensión la reconfortase un poco. Los dos estábamos más o menos igual.

Seguimos caminando juntos por la ciudad y atravesamos algunos de los barrios periféricos en los que la huerta empezaba a disputarle la hegemonía por el espacio a las mismas viviendas. El aeródromo improvisado quedaba ya a la vista y cuando llegamos a la entrada ella se adelantó unos metros y habló con unos guardias para que nos permitieran acceder. Enseguida me fijé en los aviones que quedaban allí: un par de cazas viejos y el avión de transporte soviético. Seguramente eran las máquinas que más me gustaban y por un momento me apeteció la idea de subirme con ella y hacer aquel viaje. Pero la misma tensión en mi cabeza que me había obligado a olvidar todo lo demás para estar esa mañana con ella también hacía ineludible un último viaje diferente. En cualquier otro momento incluso hubiese pagado por tener la posibilidad de prospectar y reconocer la geografía rusa, pero recordé lo jodido y cabreado que estaba, y todo lo que me ataba a este lugar y lo impotente que me sentiría fuera de aquí. Fue la despedida más dura de mi vida, pero al mismo tiempo la más hermosa. Mientras aquel avión se perdía entre las nubes yo pensaba en que ahora me quedaba un medio de transporte menos en el que verla partir.




Y nos creímos ángeles
y hasta ella quiso volar.
Y lo hizo tras dejarme 
aquel mensaje aún por contestar.
"Dónde estás, corazón, 
te has cansado de mí.
Yo estoy en el balcón 
y, sabes, voy a saltar".
Se rió: "ja, ja, ja";
y después se cortó.