lunes, 11 de diciembre de 2017

Armonía.

Llevo dos horas sin dejar de mirarte, aunque mentiría si dijera que es mi récord personal en este tema. Te los has ganado a todos, es normal, así que supongo que ni te imaginarás quién ha sido el que más se ha emocionado, allá en un rincón, limitándome al tabaco. Fumándome diez mil cigarrillos que sé que mi voz quebrarán. Pero que todo me da igual si sé que tu voz seguirá existiendo por ahí. Podría morirme con una sonrisa.

La música cesa y las luces se deshacen. Me escabullo entre la gente y veo un sitio desde donde deseo, como si mi vida dependiera de ello, que puedas verme. Enciendo otro Lucky y no dejo de rebuscar tu figura entre las sombras del escenario. Es un ciclo en el que acto seguido me siento culpable y desvío mi mirada a cualquier cosa que pasa por ahí. En una de estas distingo unos reflejos rojos brillantes y veo cómo te deslizas hacia la escalera, con todo el estilo de una felina. Antes de tocar tierra ya me has visto y creo que a mi me va a dar un síncope. Lanzo el cigarrillo lo más lejos que puedo sin hacer demasiado el ridículo. Al comenzar a acercarte hacia mí me doy cuenta de que se me ha olvidado todo lo que llevo horas pensando en decirte. El contacto es inminente y intento hacer lo indecible para no desmayarme.

Te miro a la cara y de tu boca asoma una voz fina y débil, gastada por el esfuerzo, y a mí se me parte el corazón. Pronuncio tu nombre, con una mezcla de consternación y admiración, y me resbalo por tus emes, por tus erres, por tus as que se pegan a mi cuello. Te acercas a mí para agradecerme que esté allí y siento tu pelo rozando mis mejillas. Yo deseo permanecer así toda la noche y no sé cómo decirte que gracias a ti por dedicarme unos minutos entre tanto lío. A duras penas consigo articular alguna frase. Parece mentira que haya esperado tanto tiempo para este momento y ahora casi no pueda ni mirarte a los ojos. Pero me rehago e intento decir algo que te haga sonreír. Con conseguir eso me daría por satisfecho. Disfruto cada palabra que me dices casi al oído, a pocos centímetros de mi piel, y disfruto cuando me acerco a decirte algo a pocos centímetros de la tuya. En unos minutos te habrás ido y yo seguiré pensado en ti y en este momento que ahora trato de aprovechar hasta el último segundo. 



Agarrado a tu mano he sentido el último segundo
como una avalancha de patadas en este, mi reventado cuerpo.
Y la busco, me pierdo escuchando su voz.
Esa dulce armonía en mi cabeza, ya sin sombra,
Que me arropa mas que nada, que me arropa más que nada.
Esa dulce armonía en mi cabeza, que tortura
mis recuerdos tan presentes que no se irán.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Capeando el temporal.

La llegada a la capital se antojaba tranquila. La noche empezaba a retirarse mientras el tanque M4 Sherman avanzaba entre una oscuridad cada vez menos densa. Los pueblos se sucedían uno tras otro y seguíamos sin encontrar resistencia. Sobre la torreta de aquel tanque se sentía una brisa suave y refrescante que se agradecía con una infinita reverencia en aquel caluroso verano francés. Llevábamos ya varios meses luchando, avanzando hacia el este después de volver a Europa. Entre escaramuzas, combates y batallas sangrientas en pueblos que me parecían idénticos a los que atravesábamos en ese momento, fui a parar junto a un valenciano -procedente de un pueblo a escasos kilómetros del mío-, un asturiano, un argelino y un francés. Ellos integraban la tripulación de la que y obviamente su capitán era Rémy, pues no en vano el tanque en el que nos movíamos pertenecía al ejército francés. Aunque cada uno tuviera sus motivos, todos coincidíamos al menos en nuestro deseo de hacer cumplir con la promesa de poder ver nuestros pueblos libres de fascistas y poder volver a ellos. 

Corrían rumores sobre la retirada de los nazis de París, pero nadie podía asegurarlo. Otros decían que antes de irse volarían la ciudad. Cada vez que escuchaba aquello apretaba con fuerza mi fusil contra mi pecho, dejándome llevar por la furia que me invadía al imaginar arrasados aquellos lugares que una vez recorrí al lado de alguien que ocupaba mis pensamientos mientras se encontraba ahora en algún lugar justo al otro extremo del continente. Los más de mi ochocientos días que habían pasado, condesados en más de cinco años, desde que me despedí de ella en mi ciudad de acogida a orillas del Mediterráneo suponían el período más largo sin tener noticias de ella desde que la conocí. Los primeros días después de su partida recorrí la ciudad buscando la prensa de todos los países de allí a la Unión Soviética deseando no encontrar noticias sobre ningún avión del ejército rojo. No las hallé, pero ahora, después de tanto tiempo, comenzaba a añorar como a nada más cualquier cosa suya, aunque simplemente fueran unas palabras salidas de su cabeza en un trozo de papel. Para poder levantarme cada mañana me convencía de que las comunicaciones en las circunstancias que nos habían rodeado desde aquella mañana de marzo eran materialmente imposibles. Le había enviado cartas durante aquellas semanas de incertidumbre y tensa espera a una dirección en Moscú que ella me había facilitado antes de partir, pero mi salida precipitada después del final de la guerra en nuestro hogar supuso la ausencia de un lugar estable donde recibir cualquier noticia suya. Ahora el frente de guerra en Europa occidental era lo más parecido a una residencia estable que había tenido en esos años, y ansiaba acabar cada misión que me encomendaban para tener un momento en el que poder esperar la llegada de sus respuestas a mis escritos en la correspondencia que nos llegaba a cuentagotas. Todos estos años sin hogar, durmiendo bajo las estrellas, cuando me moría de frío imaginaba su figura envuelta en un abrigo enorme allá en el norte del mundo. Con su piel resplandeciente y unos desafiantes ojos azules, aún más brillantes. Y así acaba durmiéndome muchas noches.

El sol asomaba ya en el horizonte y acabábamos de cruzar frente a un letrero que anunciaba nuestra llegada a Marly. Recordé el mapa que nos habían facilitado antes de comenzar la misión y calculé que nos quedaban a penas cinco kilómetros para llegar a los barios más periféricos de París. Penetramos en las calles de aquel pueblo, totalmente grises y vacías, entre edificios en ruinas. La desolación era la dueña del lugar y los combates parecían muy recientes. Un río dividía la población en dos mitades y el puente ya se disponía ante nosotros. La modesta pero robusta construcción de piedra nos sirvió bien para superar lo que ahora no era más que un lánguido reguero de agua oscura sobre unas piedras negras cubiertas de basura, escombros y suciedad. Estábamos a mitad del puente, sobre un punto más alto, y aparté mi mirada del río para dirigirla hacia adelante. Al otro lado se intuía una plaza con lo que debía ser un bar a unos cincuenta metros de nosotros en la planta baja del edificio de enfrente. Rápidamente me percaté de un movimiento en la puerta del local pero a penas tuve tiempo de pensar nada antes de que se me encogiera el corazón al escuchar el ruido de unas ensordecedoras detonaciones. Las primeras balas de la ametralladora impactaron en el suelo frente al tanque y en la carrocería del mismo. Las chispas de los impactos me envolvieron y me cegaron mientras escuchaba el silbido de decenas de balas cortar el aire a unos centímetros de mi cabeza. La explosión de lo que parecía munición de antitanque me arrancó de mi posición en lo alto de la torreta y caí por ella hasta el interior del vehículo. Durante unos instantes, los de mi caída por aquel tubo metálico, estuve seguro de que todo se acababa ahí. El impacto contra el suelo del tanque me devolvió a la realidad y sentí un dolor agudo en la pierna y la sensación de tener la cara ardiendo. Me froté los ojos y las mejillas con mis manos y miré a mis compañeros.

 – ¡Están en la puerta del bar, a vuestras once! –grité mientras creía que el corazón se me iba a salir del pecho.

Guillem cargó el proyectil y Nel ajustó el cañón mientras comprobaba la posición del objetivo. El capitán también los había divisado y ordenó al asturiano que abriera fuego. La detonación hizo temblar el Sherman y el ruido de la ametralladora cesó de martillear nuestras cabezas. Me incorporé y me asomé a una de las pocas y pequeñas ventanas del blindado descubriendo que el edificio se había venido abajo. Ya no había rastro del café y entre el humo y el polvo conseguí distinguir el brillo del cañón antitanque sobresaliendo entre los escombros junto al cadáver de un soldado alemán.



No nos detuvimos más tiempo del que necesitaron mis compañeros para comprobar que su tanque no había sufrido más que leves y no comprometedores daños. El capitán ocupó lo alto de la torreta y proseguimos nuestra marcha, esta vez mucho más despacio, atentos a cualquier rincón o agujero, buscando en las sombras a nuestros enemigos. Necesitamos más de una hora para recorrer aquellos cinco kilómetros. Por aquellos caminos nos encontramos con otros hombres y blindados a los que nos unimos formando una digna columna dispuesta a liberar París. Entre ellos conseguí reconocer caras familiares, republicanos españoles a los que había conocido en el frente en Francia y en África después de salir en la Península. A causa de la entidad que había adquirido la columna ya no íbamos abriendo la marcha y pude relajarme y salir a contemplar la mañana subido a la parte izquierda del vehículo. Las barriadas más desfavorecidas de París, levantadas de manera precaria por los últimos en llegar a la metrópolis, se disponían tan solo a unas decenas de metros, bajo la atenta mirada de la torre Eiffel visible ya para nosotros custodiando la ciudad. La falta de resistencia parecía confirmar que los alemanes habían abandonado la ciudad y que los soldados a los que nos habíamos enfrentado antes no eran más que unos pobres diablos a los que nadie había avisado. Contemplar aquel monumento y el cielo de París sin rastro de nubes ni de humo hacía pensar que todo estaba bien en la capital.

Bordeamos aquellos barrios hasta que encontramos una gran avenida que se adentraba en la ciudad. Los ojos y rostros difuminados tras ventanas y cortinas se fueron transformando en personas que se acercaban a nosotros para saludarnos y darnos las gracias. Enfilamos la avenida y a mi espalda se agolpaban decenas de carros de combate y camiones, y centenares de soldados que avanzaban sonrientes. Éramos el cuarto tanque de la columna y aquello estaba adoptando la apariencia de un desfile. Cuando llevábamos recorridos doscientos metros de aquella avenida eran ya centenares de parisinos los que se agolpaban en cada manzana. La radio del tanque nos facilitó el emplazamiento del lugar donde debíamos descansar tras las celebraciones y me pareció un buen  momento para abandonar el blindado y volver a recorrer las calles de una ciudad demasiado especial para mí. Me despedí de mis compañeros y me apeé del vehículo esperando volver a encontrarlo unas horas más tarde. Aquel paseo por París me ayudaría a decidir qué hacer con mi vida, o al menos a planificar mi próximo paso. Reconocí la avenida la Grande-Armée, que sabía que si seguía me acabaría llevando hasta el barrio de Montmartre, en el que una vez me perdí con la mujer que añoraba. 

Aquella vez era diciembre. El frío lo inundaba todo y el sol asomaba tímidamente entre las nubes. Era un sol de invierno, de los que a penas calientan y que parece que brillan menos. El frío seguía bien presente, así que se abotonó el abrigo y se ajustó el foulard blanco sobre su cuello casi de idéntico color. La miré sonriente mientras llevaba a cabo aquel ritual y, cuando acabó, me miró y sonrió. A penas llevábamos recorridos unos cinco metros calle abajo cuando sentí su mano abrirse paso entre mi gabardina y mi brazo. Se pegó a mi torso y caminamos una vez más acompasados, en dirección a un parque escondido entre las callejuelas de aquel barrio que recordaba de mis paseos por la ciudad. Empleamos quince minutos en recorrer la distancia que nos separaba del parque. Era un espacio entre lo que supuse serían algunos de los pisos más viejos de la ciudad, con árboles realmente grandes y robustos, un pequeño parque infantil, bancos y una fuente en mitad de todo aquello. Nos adentramos por uno de los caminos que conducía hasta aquella fuente y a nuestra izquierda vimos un busto dedicado a Van Gogh que nos llamó la atención. Una placa grisácea, que tenía aspecto de llevar allí casi tanto como los árboles, le reconocía como antiguo vecino de uno de uno de los edificios de la zona. 

La fuente resultó más similar a un estanque que a una fuente propiamente dicha. Ella se subió al muro bajo que la rodeaba y se sentó con las piernas colgadas en mi dirección. Se arrepintió enseguida de aquello puesto que aquella superficie resultaba estar tremendamente fría. Puso cara de circunstancias y de un salto volvió a ponerse de pie mientras yo me reía de forma cariñosa y me enternecía a la vez ante aquella escena. Se indignó ante mi risa y armó el brazo para darme un codazo mientras pasaba a mi lado, pero rápidamente se le pasó y cesó en sus intenciones al caer en la cuenta de que era la primera vez que me veía reír a carcajadas en toda la mañana. Su intuición  le decía que no sólo era la primera vez que me veía reír desde nuestro reencuentro, sino que comprendió que llevaba tiempo sin reír de verdad. Me encaminé tras ella hacia un banco de madera que, presumiblemente, no se encontraría tan frío. Me adelanté a ella y esta vez fui yo el primero en sentarme. “La madera no está tan fría como la piedra”, le dije mientras alargaba  un brazo sobre el respaldo. Ella sonrió y me dijo que había tenido suerte. Se sentó a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi brazo extendido y recostando ligeramente su espalda sobre mi torso. El ligero viento que corría sigilosamente por las calles permitió que varios mechones de su pelo rozaran mi mejilla, con un tacto tan ligero y tan suave que parecía una caricia.

– ¿Sigues escribiendo? –me preguntó.
– Sigo escribiendo, cariño, aunque no tanto como me gustaría. No hay musas en París.

Introduje mi mano en un bolsillo de la gabardina y extraje un cigarrillo del paquete. Ella lo miró sin decir nada y, tras llevarlo a mis labios, lo encendí hábilmente con el zippo. Las voces y los gritos de los niños que jugaban al otro lado del parque se acallaron durante un instante. Todos ellos se giraron hacia los columpios, donde un niña de unos cuatros o cinco años lloraba desconsoladamente sentada en el suelo después de haberse caído. Un hombre, probablemente su padre, la cogió en brazos y la consoló de manera muy dulce. Ella dejó de llorar y todos los demás niños prosiguieron con sus gritos y carreras. 

– Pobrecita. dije, volviendo mi mirada hacia su cara. 
– Me ha dado mucha pena. Ha faltada poco para que me levantara a consolarla yo. dijo ella. Sonreí y pensé que era totalmente capaz de hacerlo. 
– Habría sido una escena muy dulce. contesté sin dejar de mirarla.

Salimos de aquel lugar poco antes de las cuatro de la tarde, con el cielo cubierto escoltando nuestros pasos hacia el centro de la ciudad. Paseé con ella agarrada a mi brazo y a cada paso me sentía uno de los hombres más afortunados del planeta. Su piel parecía contener toda la luz del día, y sus ojos brillaban más que cualquier cosa del mundo. No pude evitar mirarla cada cierto tiempo, con cara de idiota, y ella sonreía, quizá sintiéndose a medio camino entre la vergüenza y la placidez de aquella tarde. Sin duda nos sentaba bien pasear juntos.

Mis pasos me habían llevado a aquel barrio en el que nos perdimos una vez juntos. Las calles estaban vacías, excepto las grandes plazas y avenidas donde se congregaban todos los vecinos. Me fijé en el escaparate de un librería y al ver el interior de la misma concluí que me hubiera quedado a vivir en ella gustosamente, y que conocía a alguien que secundaria la moción. Con el sol a mi espalda era capaz de verme reflejado en el cristal de manera casi nítida. Me di cuenta de que aquellas chispas de las balas de la ametralladora nazi me habían producido un par de quemaduras de unos centímetros justo en la parte izquierda de mi frente. Estuve contemplándolas y tocándolas durante un minuto y emprendí la machar. Desde la colina de Montmartre se divisaba toda la ciudad y podía ver como se congregaban centenares de vehículos militares en los Campos Elíseos, escoltados por millares de personas invadidas de júbilo. Desde mi posición en lo alto de la colina se podía distinguir el barrio de Montparnasse, apartado al otro lado del Sena, con el verde de su cementerio sobresaliendo entre las construcciones. En aquel barrio buscamos una vez refugio del bullicio de los barrios al norte del río. 



Cruzamos el Sena tras atravesar los Campos Elíseos, repletos de puestos de dulces y mil cosas más que se alternaban con paseantes entre vetustas y monótonas fachadas. A pesar del frío y gris día parisino, la gran avenida estaba llena, demasiado para quienes buscábamos un paseo tranquilo durante el que poder conversar, así que decidimos evaporarnos de allí lo antes posible, deseando no dejar rastro alguno de nuestra presencia. Deambulamos sin rumbo fijo por las calles del centro de París, tratando de huir de aquellas que parecían más abarrotadas de gente. En uno de aquellos desvíos in extremis acabamos frente a una vieja tienda de ropa que parecía tener al menos cincuenta años. Vendían ropa de segunda mano, pero, francamente, desde fuera los trajes y los vestidos del escaparate tenían muy buena apariencia.

– ¿Qué te parece si entramos a mirar? – dijo ella con una mirada irresistible.
– Entramos si quieres. ¿Te vas aprobar ese vestido del escaparate? – pregunté señalando un precioso vestido negro.
– Sí, si tú te pruebas ese traje.
– Venga, va.
– Perfecto. Pero has de saber que me iba a probar el vestido de todas maneras.

Supe que aquel vestido le iba a quedar como un guante, así que, aunque no me hacía demasiada gracia lo del traje, al final creo que merecía la pena. Entramos en aquella tienda donde el tiempo parecía haberse detenido en una fiesta de principios de siglo. Multitud de trajes de caballero poblaban las estanterías acompañados de toda clase de vestidos, algunos preciosos y otros un tanto extravagantes. Me enamoré de un par de gabardinas y ella también se enamoró de otras prendas, muchas, pero su verdadero amor téxtil fue el vestido negro del escaparate. Nos atendió un anciano señor trajeado que parecía haber trabajado aquí desde que se abrió la tienda. Decía que aquella tienda era una pequeña joya de la ciudad en la que se podían encontrar prendas realmente únicas, y que cada vez más gente joven la descubría y se dejaba caer por allí. “La moda es lo que tiene”, dijo con una sonrisa.

Salió al escaparate y se hizo con el traje y con el vestido negro. Todo era de nuestra talla, así que señaló los probadores, que estaban al fondo de la tienda. Nos emplazó a llamarlo inmediatamente si teníamos algún problema y se encaminó raudo a atender a una chica joven que acababa de entrar. Acordamos que cada uno entraría en un probador a la vez y nos encontraríamos fuera para ver el resultado. El traje estaba hecho en Milán y al tocarlo me di cuenta de que era muy suave y de buena calidad. Me lo puse y vi que me quedaba bastante bien. No recordaba que los trajes me fueran tan bien, hasta incluso parecía un poco más revitalizado con él puesto. Así pues, salí con él puesto y vi que ella no había terminado aún.

– ¿Cómo vas? –, pregunté, impaciente.
– Genial, ya casi acabo. ¿Y tú?
– Yo ya estoy fuera, me muero de ganas por ver qué te parece.
– Yo sí que me muero de ganas. Salgo enseguida.

Un minuto después, apartó las cortinas de su probador y el tiempo se detuvo mientras la contemplaba. Sus piernas esbeltas ascendían hasta la falda del vestido, que caía hasta la mitad de sus muslos. La tela se ceñía a su cintura dejando sus curvas grabadas sobre el vestido, curvas que deseé recorrer con mis manos hasta perderme en ellas como un explorador atrapado. Arriba, sus clavículas se marcaban sobre la piel mostrándose como si de una clase de anatomía se tratara. Su piel resplandecía más que nunca en contraste con el color negro del vestido y yo la miraba con mi acostumbrada cara de idiota. Ella me miraba también con admiración y pensé que ojalá con el mismo deseo con el que yo la miraba a ella. Su sonrisa tímida y su mirada baja se tornaron en negación. Se adelantó hacia mí mientras yo la miraba con bastante confusión. Negó con la cabeza y, cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí, alargó los brazos y me colocó bien el cuello del traje.

– Anda que no colocarte bien el cuello, pareces un niño. –dijo con dulzura.

La miré con cierta vergüenza y traté de lanzar el mejor contraataque que se me podría haber ocurrido: deslicé mi mano tras su espalda y, al llegar a su cintura, tiré de ella hacia mí hasta que su cuerpo entró en contacto con el mío. Ella se sorprendió en un primer momento, pero rápidamente puso su mejor cara de desafío.

– Mira qué listo es, pues no eres tan niño.
– Así mejor, a esta distancia sí que eres toda una femme-fatale.
– Ten cuidado, que a esta distancia las femme-fatales no fallamos nunca.

Me sentí tentado por comprobar qué era exactamente aquello en lo que no fallaban, pero el anciano de la tienda nos sorprendió en aquella tesitura y nos separamos sin dejar de mirarnos fijamente. Ella se puso a mi lado y nos vimos reflejados juntos en el espejo. “Hacéis una buena pareja”, dijo el anciano, y ciertamente en el espejo cualquier cinéfilo habría podido observar una especie de versión europea de James Stewart y Katharine Hepburn, salvando las distancia con el bueno de James, porque a Katharine ella no tenía nada que envidiarle. Decidimos llevarnos el traje y el vestido. Nos quedaban tan bien que no pudimos resistirnos. El anciano de la tienda nos felicitó por la decisión y nos estuvo hablando de las prendas que íbamos a comprar. Se deshizo en virtudes hacia el traje y calificó el vestido como “soberbio”. Abandonamos el local y el frío se dejaba notar otra vez con fuerza. Nuestro aliento se transformaba en vaho al salir al exterior. Seguimos caminando, cada vez más juntos, hasta que unas primeras gotas hicieron acto de presencia. La débil llovizna inicial fue aumentando su intensidad, transformándose en una densa cortina de agua que hizo que pasear fuera impracticable. Corrimos para salvar la ropa y nos perdimos por las callejuelas de París...

Llegados a este punto tan solo me restaba decidir si quedarme y vagabundear por la ciudad o presentarme al lugar convenido donde esperaría junto a mis compañeros una nueva misión. La guerra no se había acabado. Ya sabíamos que el ejército rojo se aproximaba a toda máquina hacia Alemania. Quizá pudiera verla allí. Anhelaba nuestro reencuentro. Imaginaba todos los detalles. Quizá podría estar más cerca de ella pensando en cada lugar que íbamos a visitar y en cada una de sus calles y esquinas que íbamos a cruzar. Quizá la próxima vez no me dedicase a actuar como si su cuerpo se fuera a desvanecer en cualquier momento. Seguir hasta Berlín parecía lo más lógico a esas alturas.  El frente avanzaba hacia el este, y mucho más al este se encontraba ella. Me abrumaba comparar la diferencia entre los pocos centímetros a los que me gustaría que estuviera y los miles de kilómetros a los que se encontraba. Una distancia que realmente se medía en vidas y no en kilómetros. Un abismo que me comprometí a limar yarda a yarda.


Verás que estoy soñando, ¿y qué?
en cierto momento despertaré.
Yo digo: "siendo así que sea un sueño largo, largo,
te puedes hundir en él junto a mí".

Ahora siempre tu tren espera en el andén,
llegas lo pierdes, y te pierdes
una vez y otra vez,
y otra vez, y una nueva vez. 


domingo, 9 de julio de 2017

La nostalgia duele.



Anoche te llamé a las 4:20 de la mañana
después de un día largo.
Te llamé y te pregunté cosas
y...
tú solo decías que sí.
Y yo: joder, no he terminado, ¿sí a qué?
Y tú: Àlex, tengo sueño...
Y entonces yo me reí
y tú me dijiste que descansara
y que buenas noches.
Y yo:
otra vez me gasto el saldo para decirte que te quiero.






Sé que no la valoré hasta que se fue
yo creo que es la droga
la que me mantiene en pie. 

viernes, 26 de mayo de 2017

Calambres en el alma.

Pienso en ti cada vez que veo un mapa del tiempo. Leo el nombre de tu ciudad y me pregunto qué tiempo hará por allí. Oigo música, pero no la escucho, y cuando mi mirada acaba en la ventana pienso que tú estarás enamorándote bajo un sol casi veraniego mientras aquí no deja de llover. Ya hace tiempo que no sabes nada de mí. Excepto lo que dicen por ahí, ya me entiendes. Y hace tiempo que yo no sé de ti, ni siquiera si estás viva o estás muerta. Puedes desaparecer y yo puedo irme a la cueva más profunda que nadie conozca, pero no puedo dejar de quererte. Supongo que mi especialidad es acostumbrarme al dolor y hacerlo parte de mí, de mi personalidad. Y hasta creo que me gusta exhibirlo, como me gustaría exhibir cualquier cicatriz que tuviera. Por eso te escribo esta mierda aún sabiendo que no la leerás. Y sé que nunca te enterarás porque me has demostrado que eres implacable, muy capaz de hacerme desaparecer. Básicamente escribo sobre lo que siento a diario, al igual que los antiguos hombres de las cavernas dibujaban los animales que veían a su alrededor, que simplemente eran escogidos para esas pinturas rupestres porque "era lo que había". Lo que observaban cada día.

Yo solo cuento las horas que quedan para salir de esta habitación y que no exista ningún impedimento para dejarme llevar por la oscuridad de la noche. Ya hace unos meses que no puedo dejar de sentirme un puto inútil. Está siempre en mi cabeza. Solo me siento bien conduciendo, en la carretera. Tal vez el llegar a cualquier sitio que se me pase por la cabeza sea lo más cerca que estoy de cumplir un objetivo. Una basura, absolutamente nada, pero me da para sobrevivir y para que mi cerebro no pierda la noción de quien soy y pueda seguir distinguiendo entre la maraña de tediosos estímulos con los que a veces pienso que el mundo conspira para bombardearme. Con lo atractivo que suena dejarse llevar por la nada.

Cojo la cazadora y cierro de un portazo. Ahora llueve menos y no hay nadie en la calle. Camino hacia donde dejé anoche mi viejo Ford Escort del 92 mientras busco las llaves entre los casi inabarcables bolsillos de la cazadora. Me doy cuenta de que aún no he decidido a qué sitio me gustaría ir esta noche, pero es que tengo tantas cosas en la cabeza que soy incapaz de centrarme en nada. Un minuto después encuentro refugio en el Ford. Siempre ha sido un gran compañero, desde que mi padre lo compró un mes antes de que yo naciera. Aquí me siento bien. Enciendo un Lucky, pongo música y regulo el asiento. Arranco el coche y aparto la mirada rápidamente del asiento del copiloto, porque casi me había parecido ver tus piernas resplandeciendo sobre el cuero. Necesito largarme ya. Mi cuerpo conduciendo, mi mente vuela. Media hora después llego al faro, en mitad de la noche y absolutamente desierto, como a mí me gusta. Desde aquí se ve toda la bahía y las decenas de montañas que guardan su espalda. La montaña y el mar siempre han sido como la espada y la pared en esta ciudad. También se ven algunas luces de los barcos en el mar y no puedo evitar recordarnos bebiendo en Punta Carena, borrachos mirando Capri, y tú haciéndome saber tus penas.

Decido meterme una raya sobre los papeles del coche porque me pesan los ojos. La verdad es que me da igual si no vuelvo. Si sufro por algo es por mi pobre madre, sola en mi funeral. Llorando.






Me sabe mal que te desangres
pero límpialo todo antes de salir.
Nadie tiene por qué ensuciarse,
tu basura te pertenece solo a ti. 



miércoles, 1 de febrero de 2017

Entresemana


Si tú me quieres dejaré de conducir,
puedo coger trenes y también el autobús. 
Dejaré de cocinar lo que no quieras comer,
de escuchar canciones en francés. 

Ya no iré con los amigos a bailar,
quitaré el papel de flores que hay en la pared.
No saldré hasta las mil, ni usaré el abrigo azul.
Y todo esto haré solo por ti. 



domingo, 18 de diciembre de 2016

Sobre todo los domingos.


En este cajón no se está tan mal. Hace tiempo que me he acostumbrado a la oscuridad y a la humedad del interior de la mesilla de noche. Este no es un lugar bullicioso. Aquí no pasa mucho excepto cuando abres el cajón y te asomas desde las alturas entre la luz cegadora. Eso sucede de vez en cuando, más a menudo de lo que cualquiera estaríamos dispuestos a admitir. Algunos domingos, y festivos. A veces también entre semana, casi siempre por la noche, cuando nadie puede molestarte y nos observas con los ojos tristes. Pero sobre todo los domingos. La verdad es que no sabría decir cuanto tiempo llevo convertido en recuerdo, he perdido la cuenta. Mi piel ahora es papel fotográfico y mi brazo derecho rodea eternamente tu cintura con todo el océano a nuestra espalda. La luz ocasional es un breve destello que se sucede entre ciclos de oscuridad. La única manera de saber que ahí fuera continúan pasando los días es prestar atención a los sonidos que se filtran por entre la madera. Si me fijo puedo escucharte hablar, e incluso también escucho a tu gato maullar muy cerca de la mesilla, como si supiera que hay algo extraño al otro lado. También escucho a otras personas, a veces. Pero la mayoría del tiempo no hay nada. Y entonces me concentro en intentar girar mi mirada hacia la misma foto que me contiene. No soy capaz de ver mucho de aquel océano, pero si muevo un poco mis ojos puedo ver tu pelo encaramándose a mi hombro derecho. Y aunque sea ateo he dado gracias a todos los dioses que conozco por esa brisa marina que hace que algunos de tus mechones impacten en mi cuello. Supongo que podría ser peor y que se está bien aquí. Se está bien.




Saboreo la humedad
que se pudre en las paredes.
Y pido asilo a toda la mediocridad,
Pero no, no lo pido por favor,
sino por piedad.



lunes, 22 de agosto de 2016

Debacle.


No sé cuántas vueltas he dado ya sobre el colchón, mientras me intento convencer de que el calor y esta maldita humedad son los responsables de mi insomnio. Como si intentase ignorar todo lo que llevo en el cuerpo y todo lo que se revuelve dentro de mi cráneo. He decidido que no merece la pena seguir intentándolo esta noche, y que lo mejor es levantarse y salir a buscar ingenuamente el contacto de cualquier brisa que se atreva a penetrar en las calles de la ciudad. Me separo de las sábanas empapadas en un charco de sudor y no puedo evitar fantasear con la posibilidad de alguien encontrando, días después, otra mancha reseca de un líquido diferente y más viscoso, y un cuerpo inerte y en paz descansando sobre ella. Pero tengo claro que si alguna vez quisiera descansar, todo sería mucho más limpio y formal. Sin vecinos que se percataran de la situación, sin bomberos tirando la puerta abajo ni desconocidos deambulando por el salón o tocando cualquiera de las cosas que ahora puedo percibir entre la oscuridad de la habitación.

Bajo por las escaleras buscando a tientas el tabaco en mis pantalones y la sensación térmica en el rellano es tan agobiante que casi puedo sentir cómo centenares de invertebrados se desplazan entre las paredes y las tuberías, al amparo del calor. Pero al pisar la acera puedo sentir el frío y agradable abrazo del viento llegando desde el mar, que después de tanto tiempo desde que se fue el sol no encuentra oposición para enfriar mi cuerpo. Y al mismo tiempo que me alivia me recuerda que no todo es una puta mierda, destrozando la teoría que he adoptado en mi cabeza y que me ha ayudado a sobrevivir últimamente bajo la certeza de que todo conspira contra mí y que no hay nada más que hacer que dejarse llevar. Pero me doy cuenta de que si hasta mis más férreas convicciones no se mantienen en pie, es que estoy en lo cierto y que las cosas están tan mal como para justificar mi día a día actual.

El cigarrillo ya está ardiendo y la primera bocanada de humo se extiende por mis pulmones. Echo a andar hacia el puerto y mis pasos me llevan por algunas de las calles más populares de la ciudad, desiertas a estas horas. En una de ellas me detengo a contemplar el exterior de un café que lleva el nombre de una ciudad situada en otras latitudes y bañada por un mar que siempre me inspiró desconfianza y respeto por su fiereza, pero que al mismo tiempo me parecía mucho más solemne y puro que el que se extendía a unos centenares de metros del mismo café frente al que consumo el Lucky. La imagino en el mapa y recuerdo las horas al volante que pasé para poder caminar por sus calles y subir a lo alto a contemplar las olas y los acantilados que convivían con el ir y venir de miles de personas. Recuerdo aquel tercer piso en el barrio de pescadores, ajeno al ajetreo del resto de la ciudad, pero a la vez lugar privilegiado para observar las nubes, el cielo y mar, y los edificios y las montañas que aquellos parecían cobijar.

El recuerdo de aquellas semanas de invierno en aquel pequeño palacio vuelve a mí cada vez que paso por el café. También ella se pasea por mi cabeza como un habitante más de mis pensamientos, aunque no uno cualquiera. La puedo ver sentada frente al escritorio de la habitación, trabajando y escribiendo mientras yo no me atrevía a abandonar el rincón desde donde la observaba. Desde allí, a veces me atrevía a lanzarme con unos acordes o con un suave punteo en mi guitarra. Podía sentir un pequeño acelerón en mi corazón cuando se volvía hacia mí y me sonreía, y mis dedos temblaban sobre las cuerdas incluso después de que su mirada hubiese vuelto al papel. Se había llevado las cartas que le escribí tiempo antes, quizá para recordar cómo era mi mente antes de que se me saltasen los plomos ahí dentro, y ella las releía mientras me hacía el dormido o mientras parecía demasiado ocupado intentando descifrar las nubes a través de la ventana de la habitación. Verla así, concentrada, como un neurocirujano a altas horas de la noche buscando un diagnóstico que no llega, me reconfortaba bastante. Pero no tanto como el contacto con su piel, o el roce de su pelo en mis mejillas y, a veces, en mis dedos. 

Ahora creo que he aprendido a vivir lejos de aquello. O a sobrevivir, mejor dicho. Ya sabes. Se me da bien arrastrarme de un lado a otro, de la cama a la cocina, y a la cama otra vez. He dejado atrás el café y he llegado al puerto de la ciudad. Está a punto de amanecer y la luna se ve una vez más condenada a desaparecer. La brisa se ha transformado en viento y ahora hasta creo que tengo frío. Va siendo hora de arrastrarme hasta casa y habré de acelerar un poco el ritmo si quiero evitar cruzarme con cualquier persona. Me gusta pensar que esta ciudad es solo mía, como alguna vez fue solo nuestro aquel exquisito rincón del casco viejo.



Padre, dígame si es incurable
esta enfermedad,
que es poder apreciar
cosas buenas aquí, 
con sensibilidad,
y saberme a la vez tan incapaz
de disfrutarlas igual que hacen los demás.

Y si ahora le rezo,
Padre, ha de entender,
que es porque tengo miedo
y no porque tenga fe.