jueves, 11 de octubre de 2018

Cielo del norte.

"Ahora que he vuelto a oír tu voz, ya solo me queda volver a ver tus ojos". 

Después de pronunciar aquello noté un risa leve y dulce al otro lado del teléfono e imaginé una sonrisa de iguales magnitudes dibujada en tus labios. Resolviste el tema con tu clásico "anda ya" y entonces el que sonreía era yo. Después de un silencio expectante nos despedimos y nos emplazamos una última vez a nuestro ansiado encuentro que habría de producirse unas semanas más tarde en la ciudad en la que había empezado todo. La ciudad donde transcurría la mayor parte de aquellos libros que tanto nos habían marcado a ambos: la ciudad del cementerio de los libros olvidados.

Los días fueron pasando y la rutina seguía siendo ineludible. El paso de los días no dolía tanto cuando significaba estar más cerca de volver a abrazarte. Era fácil acabar soñando contigo cuando lo último que veía antes de dormir en la mesilla de noche era alguno de aquellos libros y tus cartas que unas horas antes había releído por enésima vez. En aquellos sueños caminábamos juntos, hablábamos y estábamos juntos todo el tiempo. El perfume que alguna vez había impregnado aquellas cartas flotaba en el ambiente. Lo único malo era despertar sin ti y que aquellas cosas ocurrieran con más frecuencia estando dormido que despierto. El día que íbamos a vernos desperté y salté como un resorte de mi cama, espoleado al pensar que quedaban pocas horas para que cogieses tu tren y que en solo unas pocas más yo partiría hacia aquella ciudad desde otro lugar para acabar encontrándonos al final.

Pasé aquella mañana haciendo algún último recado y al regresar a casa solo tuve que enfundarme un abrigo más grueso que habría de protegerme del frío de aquella ciudad norteña. Recorrí los centenares de kilómetros que me separaban de las calles que nos habíamos propuesto recorrer sin poder pensar en otra cosa, con los nervios a flor de piel conforme aparecían y desaparecían las señales que juraban que ya solo quedaban unas horas y después unos minutos para llegar. Miraba a mi alrededor buscando algún tren dirigiéndose a la ciudad pensando si sería el tuyo e imaginándote protegida tras un cristal, con tus ojos y tu rostro reflejándose en él mientras contemplabas el horizonte.

Barcelona me recibió sumida en su rutina de automóviles y transeúntes embutidos en sus abrigos como hormigas desplazándose aquí y allá. A mi alrededor se abrían avenidas inmensas flanqueadas por edificios con más historia de que la podía asimilar en los escasos segundos que duraban sus siluetas en mis retinas. Aparqué el coche y al salir al exterior me recibió un viento frío que, combinado con el agarrotamiento de las piernas, me hizo titubear. Sentí que había subestimado el invierno barcelonés y pensé seriamente en buscar cualquier tienda de abrigos, pero la hora de llegada de tu tren se acercaba y no me perdonaría no estar allí para entonces así que me encaminé hacia la estación de Francia deseando que el movimiento calmase aquella sensación en el cuerpo.

Pero no fue el movimiento sino los nervios los que me hicieron entrar en calor, o al menos olvidar aquella sensación. Tu tren llegaba con retraso y mientras pensaba que tenía que haber ido a la tienda comenzaste a descender los escalones de la estación ágil y segura, pero sin prisa, como si no llevara casi media hora esperándote. Habían volado dos cigarrillos y estaba a punto de sacar el tercero pero lo olvidé porque ahora ya me podía concentrar en observarte y en contar los segundos hasta que nos abrazáramos. Llevabas un abrigo azul, un azul casi eléctrico, y más abajo me fijé en tus piernas bajo unos pantalones negros que descendían hasta acabar en unas botas que pisaban con suavidad el cemento de la calle. Me despegué de la pared y di unos tímidos pasos hacia ti sin atreverme a despegar mis labios. "¿No vas a decirme nada?", me dijiste con una media sonrisa que me puso aún más nervioso mientras volvía a sentir que llevas mejor los reencuentros que yo. "Pues que te echado mucho de menos, norteña", acerté a decir yo mientras mis pasos se iban haciendo más cortos conforme nos acercábamos. Lo siguiente que sentí fue tu cuerpo junto al mío y ese abrazo deseado durante tanto tiempo que indicaba que ya se había parado el mundo y que poco más importaba más allá de lo que alcanzábamos a ver, que en mi caso entonces no era más que tu melena acariciando mi cara.

Había vuelto a ver tus ojos y a recordar aquel color azul. Si solo hubiesen podido ser cinco minutos igualmente me habrían bastado para volver a poder recordarlos durante años y para pensar que por ahí en el mundo siguen habiendo cosas que merecen la pena, algo a lo que agarrarse en esos días en los que solo quieres desaparecer. Pero ya habían pasado más de cinco minutos y seguías ahí. No te habías volatilizado como Óscar pensaba que en cualquier momento le ocurriría a Marina. Todavía muy cerca pude comprobar que todo seguía igual: tu sonrisa delicada y tu labio inferior con esa curva perfecta, tu piel blanca y tu melena que a la luz del sol de invierno brillaba con un color parecido al de la miel. También seguía ese acento que me volvía loco en tu voz y el sarcasmo dulce en tus palabras constatando una vez mi cara de idiota.

Decidimos que ya era hora de ponerse en marcha y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad. Bajamos en dirección a las Ramblas y torcimos hacia el paseo marítimo. A lo lejos empezaba a divisarse Montjuïc y el teleférico que ascendía casi desde las mismas aguas. Tu querías ver el mar y yo me estaba muriendo de frío pero era imposible no sonreír al verte distraída con las olas que llegaban al puerto. No podía decir nada.

- Te estás muriendo de frío, ¿no?- me dijiste al darte cuenta de que llevaba cinco minutos sin hablar.
- Así es, norteña- confesé.
-¿Y por qué no me lo has dicho?- preguntaste.
- Pues porque ya sabes que me gusta hacerme el duro.
- Y porque eres idiota.
- Y porque soy idiota.

Nos refugiamos unos minutos más tarde en un café del barrio Gótico. Al fondo las paredes rebosaban de baldas llenas de libros y en medio varios butacones confirmaban que aquel sería el lugar donde pasaría muchas tardes si viviese en aquella ciudad. Casi podíamos imaginarnos a David, a Isabella o a Daniel pasando tardes lluviosas en aquel café. Yo podía imaginarte también cobijada entre aquellas paredes, ajena a la tediosa rutina del exterior. Pero por suerte, sin acabar de creérmelo del todo, tu atención no era para ningún libro sino para mí. Tomando asiento al otro lado de una pequeña mesa, de un tamaño poco más que suficiente para albergar dos cafés al mismo tiempo, te deshiciste del abrigo y dejaste ver un jersey blanco que te marcaba los hombros y las clavículas. "Sabía que te iba a gustar, por eso me lo he puesto, sureño", dijiste adivinando mis pensamientos mientras yo me ponía rojo. Fue el momento de ponernos al día, aunque a veces nos quedábamos mirando el uno al otro en silencio durante minutos. Alguna cosa había cambiado respecto a años atrás, y es que ahora era bastante capaz de aguantarte la mirada. Pensé que entre nosotros había algo que, por mucho que se pudiera estropear en alguna ocasión, siempre se podía arreglar con un par de cafés y un abrazo. Simplemente con vernos y estar un rato juntos. Me alivió saber que aún nos quedaba ese as en la manga. 

Unas horas después, cuando salimos de aquel lugar, el sol se había esfumado y unas nubes amenazantes se habían apropiado del cielo barcelonés. El frío se dejaba notar otra vez con fuerza y el aliento se transformaba en vaho al salir al exterior, pero pensé que aquella atmósfera era la más adecuada para los edificios grises y misteriosos que poblaban aquel barrio. Seguimos caminando, cada vez más juntos, hasta que las primeras gotas hicieron acto de presencia. La débil llovizna inicial fue aumentando su intensidad, transformándose en una densa cortina de agua que hizo que pasear fuera poco a poco más impracticable. Terminamos corriendo por las calles sin apenas mirar si venían coches. Acabamos llegando al portal de nuestro alojamiento cinco minutos después de que la lluvia empezara arreciar con fuerza. Abrimos la puerta y entramos en la planta baja tratando de recobrar el aliento tras la carrera por las calles de Barcelona. Allí nos recibió el portero del edificio que nos miraba con lo que parecía una mezcla de lástima y envidia de manera simultánea. Completamos los trámites y por fin ascendimos hasta nuestra habitación deseando poder entrar en calor. Te vi fijándote en los adornos, casi excesivos, de las paredes por las que ascendía una suntuosa escalera propia de los pisos acomodados de los años veinte. La débil luz de las bombillas a penas hacia brillar la barandilla, otorgándole al interior del edificio ese aire de vejez elegante cuyos días de vino y rosas habían quedado olvidados tiempo atrás.

Nuestras miradas se encontraban cada cuatro o cinco escalones, en un ciclo que solo se detuvo al llegar al piso. Nos recibieron muebles viejos, acordes a la apariencia exterior del edificio. A pesar de que habían sido previsores, las habitaciones estaban todavía frías, sin imponerse todavía la calefacción. Me aseguré de que todo estaba en orden en la casa mientras te secabas y apartabas la ropa empapada en el cuarto de baño. Yo hice lo propio y al acabar te encontré en el salón, guarnecida bajo una manta a cuadros y acurrucada en un enorme butacón. Ya habías descubierto el mejor lugar del apartamento y desde allí contemplabas las calles de la ciudad desde el Tibidabo hasta el mar, unas calles que parecían existir solo por las miles de luces que a duras penas resistían el asedio de la lluvia y del anochecer. Todavía no había entrado en calor después de cambiarme de ropa y te pedí permiso para meterme también bajo la manta. Tú negaste como si estuviera tonto mientras te hacias levemente a un lado y levantabas la manta ofreciéndome un hueco en el butacón. Notaba el calor de tu cuerpo y sin darme cuenta tus piernas habían acabado sobre las mías. La gravedad había hecho su efecto y tu cabeza descasaba ya en mi hombro, muy cerca de mi pecho. El frío ya no existía y yo no podía dejar de mirar el color rojo de tus mejillas, tus ojos cerrados, de sentir tu respiración leve y tu pelo acariciando mi cuello. La vida debió continuar ahí fuera, al otro lado del cristal, pero a nosotros en aquel momento no nos importaba lo que sucediese en el mundo.

- ¿Crees que escribirás esto?- dijiste sin ni siquiera abrir los ojos.
- Es muy probable, norteña...
- Ya sabes que me gustaría leerlo.
- Lo leerás, lo leerás- sentencié.

Te abracé un poco más fuerte y supe que no iba a olvidar aquellos días hasta que me muriese.





Hace tiempo estoy esperando,
hace tiempo me apagué.
Hace tiempo estoy vagando
entre gente que olvidé.
Y si pudieras poner
en orden cuanto sé. 

lunes, 18 de junio de 2018

Incerteza.

He de reconocer que ya no recordaba la fascinación que me produce el hecho de que nunca conoces a nadie de verdad hasta que os miráis el uno al otro separados por dos centímetros de distancia. No es lo único que necesitas para conocer a fondo a alguien, pero lo necesitas. En esas circunstancias un rostro es totalmente diferente, hasta el punto que al abrir los ojos por primera vez después de probar sus labios piensas que qué ha podido pasar. En ese momento descubres nuevos matices en sus ojos, nuevos ángulos en su sonrisa y en sus mejillas, y hasta puedes adivinar lo que parece una nueva textura en su piel. Y todo eso en unas décimas de segundo. Demasiado en tan poco tiempo. Suficiente como para dejarme aturdido durante toda la noche, únicamente pudiendo pensar en eliminar de nuevo esos dos centímetros de distancia y volver a sentir el contacto de sus labios. 

Llevamos horas aquí metidos, pero juraría que solo han pasado unos minutos. Es un tópico, lo sé. No sé si es que me han hipnotizado esos ojos pero me quedaría aquí para siempre. Yo te digo que es una mierda que la cama sea tan pequeña y tú me dices que está bien, que tiene sus ventajas. Así de idiota estoy. Pero me asusta que las montañas, los ríos y los bosques de tu país queden a tres mil millones de centímetros de distancia de aquí. Aún así, estaría bien estar contigo si hay un final. Quisiera hacerlo bien. 

Ya se acaba otro día sin saber de ti y escribo estas líneas mientras recuerdo tus ojos brillando, coronando la sonrisa más amplia que te he visto nunca. También con esa sensación de no saber si volveré a verte que tenía cuando te esfumaste por tu calle camino a casa, después de aquella última sonrisa. Pienso en tu cuello, en mis labios besándolo y mis manos acariciando tu pelo. Pienso en tu sonrisa iluminada por el sol de mi tierra y en tu piel resplandeciendo en mitad de la noche y yo mirándote con cara de bobo y sin saber qué decirte. Me asusta volver a la cruel rutina que aniquilaste. Los últimos rayos de sol se despiden y otra vez me pregunto qué estarás pensando, si estarás bien, si querrás saber de mí. 




No fui yo quién le robó el azul al cielo,
por favor es decir mucho con un ruego.
Abrazar de nuevo el instante
me está haciendo levitar.

Derramándose por dentro,
grita el corazón.
Su epicentro es mi zona cero. 

sábado, 17 de febrero de 2018

Actos inexplicables.


Es sábado, es tarde. También es tu cumpleaños. Yo voy a salir y este quizá sea mi último momento de claridad antes de despertar en mitad del domingo, pero para entonces ya me encontraré sumido en la incertidumbre de no saber si en unas horas estaré en condiciones de levantarme de la cama para afrontar una nueva semana. Mis domingos se resumen en encender un cigarrillo tras otro y a cada uno de ellos pensar en que de pronto apareces y me haces elegir entre el humo o tus labios. Que yo lo voy dejando y que solo me fumo alguno de vez en cuando, en los momentos necesarios y ya está. Lo único peor que esos domingos son esos días entre semana, a última hora, antes de dormir. Instantes al borde del coma en los que, como si pudiera verme a mí mismo como un médico que examina a un paciente, soy consciente de mi derrota frente a la rutina del simple avance de los días como eslabones de una cadena. En esos momentos, con el cuerpo totalmente entumecido tanto por la sucesión de horas del día como por la anestesia, me veo a mí mismo como esa gente que ha estado muerta durante unos minutos y que al volver decía que se habían visto a ellos mismos, a los médicos y a los familiares desde el techo de la habitación del hospital.

Si tú estuvieras aquí, los domingos serían diferentes. Iríamos a pasear y yo me quedaría embobado mirándote al parar en todos los pasos de cebra. Y con todo el tiempo del mundo, no como aquella vez, quizá podríamos entrar al cine, y seguramente discutiríamos un poco a la hora de elegir la película pero contigo vería películas rodadas hace menos de diez años e incluso hasta musicales. No me importaría sacrificar la nouvelle vague y todo el cine francés. Si tú estuvieras quizá los domingos serían el mejor día de la semana. Pero no estás, y la luz del flexo ilumina de tal forma tu ausencia que hasta me duelen los ojos.

Aquello podría ser un buen plan. Mejor que volver a soñar por enésima vez que aquel sofá se hacía más pequeño, y que primero tu pelo y después tu cabeza descendían suavemente hasta mis dedos. Que cerrabas los ojos y podías imaginarte cómo a mi me daba algo al estirarte ligeramente deslizando tus cabellos sobre mi mano, y que yo no ponía esa cara de susto como si estuviera tocando el fósil más delicado de la historia de la ciencia. He soñado que me decidía a emprender el recorrido inverso al de aquella vez y que no podías dejar de sonreír mientras acariciaba tu cuello y tu hombro derecho. Deseando una de tus preguntas para poder decirte que estoy pensando en hacerte inmortal, y que para ello empezaría escribiendo un libro sobre tu piel, con minuciosas descripciones, para que hoy se estudiase en los manuales de geografía junto a los mapas de los exploradores del siglo XIX.

Todavía no he decidido si le dedicaría un capítulo a cada curva de tu cuerpo o a cada hueso marcándose sobre la superficie de la piel. Tampoco he decidido si describir cada matiz de tu pelo durante los trescientos sesenta y cinco días del año siguiendo las estaciones o analizarlos en función de la luz del lugar, desde los días nublados en la montaña, los días de verano frente al mar o los anocheceres cuando el sol adquiere el mismo color de tus cabellos. Cuando acabe todo eso pienso recopilar los poemas que he escrito sobre tus ojos, para que puedas leerte uno cada noche antes de dormir. He escrito uno sobre ellos cuando estás alegre, sobre su brillo cuando no hay nada que te preocupe y sientes que el tiempo pasa ligero. También he descrito cada matiz de cada color que veo en ellos cuando hay algo que no te deja tranquila, cuando estás triste y tu mirada se pierde en cualquier lado. Tendrás todo aquello y también te grabaré un CD con todas las canciones que he compuesto y que hablan de nosotros, tan largo como el 'Cajas de música difíciles de parar'.

Mientras escribo estas líneas escucho las primeras gotas golpear la persiana de la ventana de mi habitación. Ha comenzado a llover y diría que la temperatura ha bajado cinco grados en un momento. Parece que el domingo se ha adelantado unas horas y yo sopeso la idea de atrincherarme en esta casa. Simplemente espero que esta noche duermas calentita.

Feliz cumple.






Aunque la distancia puede ser insalvable 
o estar compuesta de amargura,
hay una esperanza,
que por ser es pequeña, confusa
pero existe en mi cabeza 
y por eso es intocable.

Un pensamiento, la calma, una escena,
morirme en tus pechos.
Una ilusión, no dejar que se vaya tu voz. 
Que es quien me dice...
me dice...

lunes, 8 de enero de 2018

Plan quinquenal.


Esta noche tengo una buena excusa para robarme unas horas de sueño. Las voy a canjear por la oportunidad de construir con palabras un recuerdo de lo que pasaba por mi cabeza en este día. Me siento mejor si sé que las cosas quedan en algún sitio y no únicamente en mis recuerdos, o en los nuestros, a merced del tiempo y de que nuestro instinto de supervivencia vaya poco a poco difuminando todo lo que compartimos. He bebido un poco y he fumado un poco más. Pero es parte de la celebración, porque mañana empieza un enésimo intento de reflotar el barco. 

Necesitaré una gran movilización que contrastará con esa facilidad para desaparecer que pareces exhibir. Reuniré provisiones para sobrevivir mientras allí tú vives y creces y yo me retraigo al amoniaco del carrete Kodak y a la tinta de algunos viejos papeles, todo olvidado en algún cajón. Aquí saldré a pasear por las tardes y evitaré ciertos lugares porque no soportaría volver a ellos sin ti. Me cobijaré en mi hogar y dejaré de existir más allá de las últimas calles. Si las cosas van bien me permitiré sonreír cada vez que salga el nombre de esta ciudad en las noticias, imaginando que tú también las has visto y que te acuerdas de mí. Pasarán los meses y me gastaré el sueldo en cigarrillos. Si las cosas van mal, intentar sobrevivir a los días y a las noches acortará un lustro mi esperanza de vida, pero tampoco estamos hablando de una gran tragedia si iba a pasar esos años sin ti. 




Tal vez me olvidé de que allí estaba el mar,
y entonces el mar se echó sobre nosotros.

domingo, 24 de diciembre de 2017

None but the rain.


We had our day but now it's over,
we had our song but now it's sung.
We had our stroll through summers clover,
but summer's gone now, our walkin's done.

So tell me gently who be your lover,
who be your lover after I'm gone.
Will it be the moon that hears your sighin'.
Will it be the willow that hears your lonesome song.

Will it be the rain that clings to your bosom.
Will it be the sunshine that dries your fire hair.
Will it be the wind that warns of my returning.
Will a rose be in your arms when I find you waitin' there.

None but rain should cling to my bosom.
None but the moon should hear my lonesome sigh,
None but the wind should warn of your returning.
Fare thee well, my love, good bye.


None but the rain - Townes Van Zandt




He salido a la terraza y me he enchufado el primer cigarrillo del día, el que más me hace recordar que todo es una mierda. Un último momento de lucidez para reflexionar sobre esa sensación de ligereza, esa sensación de que caer en la espiral es algo inminente. Que solo falta un pequeño empujoncito para abandonar cualquier atisbo de formalidad y para adoptar definitivamente una vida oficialmente dramática. El año se acaba y este cigarrillo me trae muchos recuerdos, como el de cuando solo me quedaban cinco minutos de vida, o cinco minutos contigo, lo que viene a ser lo mismo. Y yo deseando pegarme un tiro para dejar de escuchar ese tic-tac en mi cabeza de los segundos a tu lado agotándose. Deseando que aquel abrazo no se acabase nunca. Incrédulo al pensar que los kilómetros se habían transformado en centímetros. Suspirando por tu voz, por esos labios... por esos cabellos tuyos rozándome el cuello. Resignándome a dejar escapar esa lágrima mientras te veo alejarte sin saber cuándo, o si te volveré a ver, simplemente.

Así se acaba el año. 



lunes, 11 de diciembre de 2017

Armonía.

Llevo dos horas sin dejar de mirarte, aunque mentiría si dijera que es mi récord personal en este tema. Te los has ganado a todos, es normal, así que supongo que ni te imaginarás quién ha sido el que más se ha emocionado, allá en un rincón, limitándome al tabaco. Fumándome diez mil cigarrillos que sé que mi voz quebrarán. Pero que todo me da igual si sé que tu voz seguirá existiendo por ahí. Podría morirme con una sonrisa.

La música cesa y las luces se deshacen. Me escabullo entre la gente y veo un sitio desde donde deseo, como si mi vida dependiera de ello, que puedas verme. Enciendo otro Lucky y no dejo de rebuscar tu figura entre las sombras del escenario. Es un ciclo en el que acto seguido me siento culpable y desvío mi mirada a cualquier cosa que pasa por ahí. En una de estas distingo unos reflejos rojos brillantes y veo cómo te deslizas hacia la escalera, con todo el estilo de una felina. Antes de tocar tierra ya me has visto y creo que a mi me va a dar un síncope. Lanzo el cigarrillo lo más lejos que puedo sin hacer demasiado el ridículo. Al comenzar a acercarte hacia mí me doy cuenta de que se me ha olvidado todo lo que llevo horas pensando en decirte. El contacto es inminente y intento hacer lo indecible para no desmayarme.

Te miro a la cara y de tu boca asoma una voz fina y débil, gastada por el esfuerzo, y a mí se me parte el corazón. Pronuncio tu nombre, con una mezcla de consternación y admiración, y me resbalo por tus emes, por tus erres, por tus as que se pegan a mi cuello. Te acercas a mí para agradecerme que esté allí y siento tu pelo rozando mis mejillas. Yo deseo permanecer así toda la noche y no sé cómo decirte que gracias a ti por dedicarme unos minutos entre tanto lío. A duras penas consigo articular alguna frase. Parece mentira que haya esperado tanto tiempo para este momento y ahora casi no pueda ni mirarte a los ojos. Pero me rehago e intento decir algo que te haga sonreír. Con conseguir eso me daría por satisfecho. Disfruto cada palabra que me dices casi al oído, a pocos centímetros de mi piel, y disfruto cuando me acerco a decirte algo a pocos centímetros de la tuya. En unos minutos te habrás ido y yo seguiré pensado en ti y en este momento que ahora trato de aprovechar hasta el último segundo. 



Agarrado a tu mano he sentido el último segundo
como una avalancha de patadas en este, mi reventado cuerpo.
Y la busco, me pierdo escuchando su voz.
Esa dulce armonía en mi cabeza, ya sin sombra,
Que me arropa mas que nada, que me arropa más que nada.
Esa dulce armonía en mi cabeza, que tortura
mis recuerdos tan presentes que no se irán.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Capeando el temporal.

La llegada a la capital se antojaba tranquila. La noche empezaba a retirarse mientras el tanque M4 Sherman avanzaba entre una oscuridad cada vez menos densa. Los pueblos se sucedían uno tras otro y seguíamos sin encontrar resistencia. Sobre la torreta de aquel tanque se sentía una brisa suave y refrescante que se agradecía con una infinita reverencia en aquel caluroso verano francés. Llevábamos ya varios meses luchando, avanzando hacia el este después de volver a Europa. Entre escaramuzas, combates y batallas sangrientas en pueblos que me parecían idénticos a los que atravesábamos en ese momento, fui a parar junto a un valenciano -procedente de un pueblo a escasos kilómetros del mío-, un asturiano, un argelino y un francés. Ellos integraban la tripulación de la que y obviamente su capitán era Rémy, pues no en vano el tanque en el que nos movíamos pertenecía al ejército francés. Aunque cada uno tuviera sus motivos, todos coincidíamos al menos en nuestro deseo de hacer cumplir con la promesa de poder ver nuestros pueblos libres de fascistas y poder volver a ellos. 

Corrían rumores sobre la retirada de los nazis de París, pero nadie podía asegurarlo. Otros decían que antes de irse volarían la ciudad. Cada vez que escuchaba aquello apretaba con fuerza mi fusil contra mi pecho, dejándome llevar por la furia que me invadía al imaginar arrasados aquellos lugares que una vez recorrí al lado de alguien que ocupaba mis pensamientos mientras se encontraba ahora en algún lugar justo al otro extremo del continente. Los más de mi ochocientos días que habían pasado, condesados en más de cinco años, desde que me despedí de ella en mi ciudad de acogida a orillas del Mediterráneo suponían el período más largo sin tener noticias de ella desde que la conocí. Los primeros días después de su partida recorrí la ciudad buscando la prensa de todos los países de allí a la Unión Soviética deseando no encontrar noticias sobre ningún avión del ejército rojo. No las hallé, pero ahora, después de tanto tiempo, comenzaba a añorar como a nada más cualquier cosa suya, aunque simplemente fueran unas palabras salidas de su cabeza en un trozo de papel. Para poder levantarme cada mañana me convencía de que las comunicaciones en las circunstancias que nos habían rodeado desde aquella mañana de marzo eran materialmente imposibles. Le había enviado cartas durante aquellas semanas de incertidumbre y tensa espera a una dirección en Moscú que ella me había facilitado antes de partir, pero mi salida precipitada después del final de la guerra en nuestro hogar supuso la ausencia de un lugar estable donde recibir cualquier noticia suya. Ahora el frente de guerra en Europa occidental era lo más parecido a una residencia estable que había tenido en esos años, y ansiaba acabar cada misión que me encomendaban para tener un momento en el que poder esperar la llegada de sus respuestas a mis escritos en la correspondencia que nos llegaba a cuentagotas. Todos estos años sin hogar, durmiendo bajo las estrellas, cuando me moría de frío imaginaba su figura envuelta en un abrigo enorme allá en el norte del mundo. Con su piel resplandeciente y unos desafiantes ojos azules, aún más brillantes. Y así acaba durmiéndome muchas noches.

El sol asomaba ya en el horizonte y acabábamos de cruzar frente a un letrero que anunciaba nuestra llegada a Marly. Recordé el mapa que nos habían facilitado antes de comenzar la misión y calculé que nos quedaban a penas cinco kilómetros para llegar a los barios más periféricos de París. Penetramos en las calles de aquel pueblo, totalmente grises y vacías, entre edificios en ruinas. La desolación era la dueña del lugar y los combates parecían muy recientes. Un río dividía la población en dos mitades y el puente ya se disponía ante nosotros. La modesta pero robusta construcción de piedra nos sirvió bien para superar lo que ahora no era más que un lánguido reguero de agua oscura sobre unas piedras negras cubiertas de basura, escombros y suciedad. Estábamos a mitad del puente, sobre un punto más alto, y aparté mi mirada del río para dirigirla hacia adelante. Al otro lado se intuía una plaza con lo que debía ser un bar a unos cincuenta metros de nosotros en la planta baja del edificio de enfrente. Rápidamente me percaté de un movimiento en la puerta del local pero a penas tuve tiempo de pensar nada antes de que se me encogiera el corazón al escuchar el ruido de unas ensordecedoras detonaciones. Las primeras balas de la ametralladora impactaron en el suelo frente al tanque y en la carrocería del mismo. Las chispas de los impactos me envolvieron y me cegaron mientras escuchaba el silbido de decenas de balas cortar el aire a unos centímetros de mi cabeza. La explosión de lo que parecía munición de antitanque me arrancó de mi posición en lo alto de la torreta y caí por ella hasta el interior del vehículo. Durante unos instantes, los de mi caída por aquel tubo metálico, estuve seguro de que todo se acababa ahí. El impacto contra el suelo del tanque me devolvió a la realidad y sentí un dolor agudo en la pierna y la sensación de tener la cara ardiendo. Me froté los ojos y las mejillas con mis manos y miré a mis compañeros.

 – ¡Están en la puerta del bar, a vuestras once! –grité mientras creía que el corazón se me iba a salir del pecho.

Guillem cargó el proyectil y Nel ajustó el cañón mientras comprobaba la posición del objetivo. El capitán también los había divisado y ordenó al asturiano que abriera fuego. La detonación hizo temblar el Sherman y el ruido de la ametralladora cesó de martillear nuestras cabezas. Me incorporé y me asomé a una de las pocas y pequeñas ventanas del blindado descubriendo que el edificio se había venido abajo. Ya no había rastro del café y entre el humo y el polvo conseguí distinguir el brillo del cañón antitanque sobresaliendo entre los escombros junto al cadáver de un soldado alemán.



No nos detuvimos más tiempo del que necesitaron mis compañeros para comprobar que su tanque no había sufrido más que leves y no comprometedores daños. El capitán ocupó lo alto de la torreta y proseguimos nuestra marcha, esta vez mucho más despacio, atentos a cualquier rincón o agujero, buscando en las sombras a nuestros enemigos. Necesitamos más de una hora para recorrer aquellos cinco kilómetros. Por aquellos caminos nos encontramos con otros hombres y blindados a los que nos unimos formando una digna columna dispuesta a liberar París. Entre ellos conseguí reconocer caras familiares, republicanos españoles a los que había conocido en el frente en Francia y en África después de salir en la Península. A causa de la entidad que había adquirido la columna ya no íbamos abriendo la marcha y pude relajarme y salir a contemplar la mañana subido a la parte izquierda del vehículo. Las barriadas más desfavorecidas de París, levantadas de manera precaria por los últimos en llegar a la metrópolis, se disponían tan solo a unas decenas de metros, bajo la atenta mirada de la torre Eiffel visible ya para nosotros custodiando la ciudad. La falta de resistencia parecía confirmar que los alemanes habían abandonado la ciudad y que los soldados a los que nos habíamos enfrentado antes no eran más que unos pobres diablos a los que nadie había avisado. Contemplar aquel monumento y el cielo de París sin rastro de nubes ni de humo hacía pensar que todo estaba bien en la capital.

Bordeamos aquellos barrios hasta que encontramos una gran avenida que se adentraba en la ciudad. Los ojos y rostros difuminados tras ventanas y cortinas se fueron transformando en personas que se acercaban a nosotros para saludarnos y darnos las gracias. Enfilamos la avenida y a mi espalda se agolpaban decenas de carros de combate y camiones, y centenares de soldados que avanzaban sonrientes. Éramos el cuarto tanque de la columna y aquello estaba adoptando la apariencia de un desfile. Cuando llevábamos recorridos doscientos metros de aquella avenida eran ya centenares de parisinos los que se agolpaban en cada manzana. La radio del tanque nos facilitó el emplazamiento del lugar donde debíamos descansar tras las celebraciones y me pareció un buen  momento para abandonar el blindado y volver a recorrer las calles de una ciudad demasiado especial para mí. Me despedí de mis compañeros y me apeé del vehículo esperando volver a encontrarlo unas horas más tarde. Aquel paseo por París me ayudaría a decidir qué hacer con mi vida, o al menos a planificar mi próximo paso. Reconocí la avenida la Grande-Armée, que sabía que si seguía me acabaría llevando hasta el barrio de Montmartre, en el que una vez me perdí con la mujer que añoraba. 

Aquella vez era diciembre. El frío lo inundaba todo y el sol asomaba tímidamente entre las nubes. Era un sol de invierno, de los que a penas calientan y que parece que brillan menos. El frío seguía bien presente, así que se abotonó el abrigo y se ajustó el foulard blanco sobre su cuello casi de idéntico color. La miré sonriente mientras llevaba a cabo aquel ritual y, cuando acabó, me miró y sonrió. A penas llevábamos recorridos unos cinco metros calle abajo cuando sentí su mano abrirse paso entre mi gabardina y mi brazo. Se pegó a mi torso y caminamos una vez más acompasados, en dirección a un parque escondido entre las callejuelas de aquel barrio que recordaba de mis paseos por la ciudad. Empleamos quince minutos en recorrer la distancia que nos separaba del parque. Era un espacio entre lo que supuse serían algunos de los pisos más viejos de la ciudad, con árboles realmente grandes y robustos, un pequeño parque infantil, bancos y una fuente en mitad de todo aquello. Nos adentramos por uno de los caminos que conducía hasta aquella fuente y a nuestra izquierda vimos un busto dedicado a Van Gogh que nos llamó la atención. Una placa grisácea, que tenía aspecto de llevar allí casi tanto como los árboles, le reconocía como antiguo vecino de uno de uno de los edificios de la zona. 

La fuente resultó más similar a un estanque que a una fuente propiamente dicha. Ella se subió al muro bajo que la rodeaba y se sentó con las piernas colgadas en mi dirección. Se arrepintió enseguida de aquello puesto que aquella superficie resultaba estar tremendamente fría. Puso cara de circunstancias y de un salto volvió a ponerse de pie mientras yo me reía de forma cariñosa y me enternecía a la vez ante aquella escena. Se indignó ante mi risa y armó el brazo para darme un codazo mientras pasaba a mi lado, pero rápidamente se le pasó y cesó en sus intenciones al caer en la cuenta de que era la primera vez que me veía reír a carcajadas en toda la mañana. Su intuición  le decía que no sólo era la primera vez que me veía reír desde nuestro reencuentro, sino que comprendió que llevaba tiempo sin reír de verdad. Me encaminé tras ella hacia un banco de madera que, presumiblemente, no se encontraría tan frío. Me adelanté a ella y esta vez fui yo el primero en sentarme. “La madera no está tan fría como la piedra”, le dije mientras alargaba  un brazo sobre el respaldo. Ella sonrió y me dijo que había tenido suerte. Se sentó a mi lado, apoyando su cabeza sobre mi brazo extendido y recostando ligeramente su espalda sobre mi torso. El ligero viento que corría sigilosamente por las calles permitió que varios mechones de su pelo rozaran mi mejilla, con un tacto tan ligero y tan suave que parecía una caricia.

– ¿Sigues escribiendo? –me preguntó.
– Sigo escribiendo, cariño, aunque no tanto como me gustaría. No hay musas en París.

Introduje mi mano en un bolsillo de la gabardina y extraje un cigarrillo del paquete. Ella lo miró sin decir nada y, tras llevarlo a mis labios, lo encendí hábilmente con el zippo. Las voces y los gritos de los niños que jugaban al otro lado del parque se acallaron durante un instante. Todos ellos se giraron hacia los columpios, donde un niña de unos cuatros o cinco años lloraba desconsoladamente sentada en el suelo después de haberse caído. Un hombre, probablemente su padre, la cogió en brazos y la consoló de manera muy dulce. Ella dejó de llorar y todos los demás niños prosiguieron con sus gritos y carreras. 

– Pobrecita. dije, volviendo mi mirada hacia su cara. 
– Me ha dado mucha pena. Ha faltada poco para que me levantara a consolarla yo. dijo ella. Sonreí y pensé que era totalmente capaz de hacerlo. 
– Habría sido una escena muy dulce. contesté sin dejar de mirarla.

Salimos de aquel lugar poco antes de las cuatro de la tarde, con el cielo cubierto escoltando nuestros pasos hacia el centro de la ciudad. Paseé con ella agarrada a mi brazo y a cada paso me sentía uno de los hombres más afortunados del planeta. Su piel parecía contener toda la luz del día, y sus ojos brillaban más que cualquier cosa del mundo. No pude evitar mirarla cada cierto tiempo, con cara de idiota, y ella sonreía, quizá sintiéndose a medio camino entre la vergüenza y la placidez de aquella tarde. Sin duda nos sentaba bien pasear juntos.

Mis pasos me habían llevado a aquel barrio en el que nos perdimos una vez juntos. Las calles estaban vacías, excepto las grandes plazas y avenidas donde se congregaban todos los vecinos. Me fijé en el escaparate de un librería y al ver el interior de la misma concluí que me hubiera quedado a vivir en ella gustosamente, y que conocía a alguien que secundaria la moción. Con el sol a mi espalda era capaz de verme reflejado en el cristal de manera casi nítida. Me di cuenta de que aquellas chispas de las balas de la ametralladora nazi me habían producido un par de quemaduras de unos centímetros justo en la parte izquierda de mi frente. Estuve contemplándolas y tocándolas durante un minuto y emprendí la machar. Desde la colina de Montmartre se divisaba toda la ciudad y podía ver como se congregaban centenares de vehículos militares en los Campos Elíseos, escoltados por millares de personas invadidas de júbilo. Desde mi posición en lo alto de la colina se podía distinguir el barrio de Montparnasse, apartado al otro lado del Sena, con el verde de su cementerio sobresaliendo entre las construcciones. En aquel barrio buscamos una vez refugio del bullicio de los barrios al norte del río. 



Cruzamos el Sena tras atravesar los Campos Elíseos, repletos de puestos de dulces y mil cosas más que se alternaban con paseantes entre vetustas y monótonas fachadas. A pesar del frío y gris día parisino, la gran avenida estaba llena, demasiado para quienes buscábamos un paseo tranquilo durante el que poder conversar, así que decidimos evaporarnos de allí lo antes posible, deseando no dejar rastro alguno de nuestra presencia. Deambulamos sin rumbo fijo por las calles del centro de París, tratando de huir de aquellas que parecían más abarrotadas de gente. En uno de aquellos desvíos in extremis acabamos frente a una vieja tienda de ropa que parecía tener al menos cincuenta años. Vendían ropa de segunda mano, pero, francamente, desde fuera los trajes y los vestidos del escaparate tenían muy buena apariencia.

– ¿Qué te parece si entramos a mirar? – dijo ella con una mirada irresistible.
– Entramos si quieres. ¿Te vas aprobar ese vestido del escaparate? – pregunté señalando un precioso vestido negro.
– Sí, si tú te pruebas ese traje.
– Venga, va.
– Perfecto. Pero has de saber que me iba a probar el vestido de todas maneras.

Supe que aquel vestido le iba a quedar como un guante, así que, aunque no me hacía demasiada gracia lo del traje, al final creo que merecía la pena. Entramos en aquella tienda donde el tiempo parecía haberse detenido en una fiesta de principios de siglo. Multitud de trajes de caballero poblaban las estanterías acompañados de toda clase de vestidos, algunos preciosos y otros un tanto extravagantes. Me enamoré de un par de gabardinas y ella también se enamoró de otras prendas, muchas, pero su verdadero amor téxtil fue el vestido negro del escaparate. Nos atendió un anciano señor trajeado que parecía haber trabajado aquí desde que se abrió la tienda. Decía que aquella tienda era una pequeña joya de la ciudad en la que se podían encontrar prendas realmente únicas, y que cada vez más gente joven la descubría y se dejaba caer por allí. “La moda es lo que tiene”, dijo con una sonrisa.

Salió al escaparate y se hizo con el traje y con el vestido negro. Todo era de nuestra talla, así que señaló los probadores, que estaban al fondo de la tienda. Nos emplazó a llamarlo inmediatamente si teníamos algún problema y se encaminó raudo a atender a una chica joven que acababa de entrar. Acordamos que cada uno entraría en un probador a la vez y nos encontraríamos fuera para ver el resultado. El traje estaba hecho en Milán y al tocarlo me di cuenta de que era muy suave y de buena calidad. Me lo puse y vi que me quedaba bastante bien. No recordaba que los trajes me fueran tan bien, hasta incluso parecía un poco más revitalizado con él puesto. Así pues, salí con él puesto y vi que ella no había terminado aún.

– ¿Cómo vas? –, pregunté, impaciente.
– Genial, ya casi acabo. ¿Y tú?
– Yo ya estoy fuera, me muero de ganas por ver qué te parece.
– Yo sí que me muero de ganas. Salgo enseguida.

Un minuto después, apartó las cortinas de su probador y el tiempo se detuvo mientras la contemplaba. Sus piernas esbeltas ascendían hasta la falda del vestido, que caía hasta la mitad de sus muslos. La tela se ceñía a su cintura dejando sus curvas grabadas sobre el vestido, curvas que deseé recorrer con mis manos hasta perderme en ellas como un explorador atrapado. Arriba, sus clavículas se marcaban sobre la piel mostrándose como si de una clase de anatomía se tratara. Su piel resplandecía más que nunca en contraste con el color negro del vestido y yo la miraba con mi acostumbrada cara de idiota. Ella me miraba también con admiración y pensé que ojalá con el mismo deseo con el que yo la miraba a ella. Su sonrisa tímida y su mirada baja se tornaron en negación. Se adelantó hacia mí mientras yo la miraba con bastante confusión. Negó con la cabeza y, cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí, alargó los brazos y me colocó bien el cuello del traje.

– Anda que no colocarte bien el cuello, pareces un niño. –dijo con dulzura.

La miré con cierta vergüenza y traté de lanzar el mejor contraataque que se me podría haber ocurrido: deslicé mi mano tras su espalda y, al llegar a su cintura, tiré de ella hacia mí hasta que su cuerpo entró en contacto con el mío. Ella se sorprendió en un primer momento, pero rápidamente puso su mejor cara de desafío.

– Mira qué listo es, pues no eres tan niño.
– Así mejor, a esta distancia sí que eres toda una femme-fatale.
– Ten cuidado, que a esta distancia las femme-fatales no fallamos nunca.

Me sentí tentado por comprobar qué era exactamente aquello en lo que no fallaban, pero el anciano de la tienda nos sorprendió en aquella tesitura y nos separamos sin dejar de mirarnos fijamente. Ella se puso a mi lado y nos vimos reflejados juntos en el espejo. “Hacéis una buena pareja”, dijo el anciano, y ciertamente en el espejo cualquier cinéfilo habría podido observar una especie de versión europea de James Stewart y Katharine Hepburn, salvando las distancia con el bueno de James, porque a Katharine ella no tenía nada que envidiarle. Decidimos llevarnos el traje y el vestido. Nos quedaban tan bien que no pudimos resistirnos. El anciano de la tienda nos felicitó por la decisión y nos estuvo hablando de las prendas que íbamos a comprar. Se deshizo en virtudes hacia el traje y calificó el vestido como “soberbio”. Abandonamos el local y el frío se dejaba notar otra vez con fuerza. Nuestro aliento se transformaba en vaho al salir al exterior. Seguimos caminando, cada vez más juntos, hasta que unas primeras gotas hicieron acto de presencia. La débil llovizna inicial fue aumentando su intensidad, transformándose en una densa cortina de agua que hizo que pasear fuera impracticable. Corrimos para salvar la ropa y nos perdimos por las callejuelas de París...

Llegados a este punto tan solo me restaba decidir si quedarme y vagabundear por la ciudad o presentarme al lugar convenido donde esperaría junto a mis compañeros una nueva misión. La guerra no se había acabado. Ya sabíamos que el ejército rojo se aproximaba a toda máquina hacia Alemania. Quizá pudiera verla allí. Anhelaba nuestro reencuentro. Imaginaba todos los detalles. Quizá podría estar más cerca de ella pensando en cada lugar que íbamos a visitar y en cada una de sus calles y esquinas que íbamos a cruzar. Quizá la próxima vez no me dedicase a actuar como si su cuerpo se fuera a desvanecer en cualquier momento. Seguir hasta Berlín parecía lo más lógico a esas alturas.  El frente avanzaba hacia el este, y mucho más al este se encontraba ella. Me abrumaba comparar la diferencia entre los pocos centímetros a los que me gustaría que estuviera y los miles de kilómetros a los que se encontraba. Una distancia que realmente se medía en vidas y no en kilómetros. Un abismo que me comprometí a limar yarda a yarda.


Verás que estoy soñando, ¿y qué?
en cierto momento despertaré.
Yo digo: "siendo así que sea un sueño largo, largo,
te puedes hundir en él junto a mí".

Ahora siempre tu tren espera en el andén,
llegas lo pierdes, y te pierdes
una vez y otra vez,
y otra vez, y una nueva vez.