jueves, 26 de julio de 2012

Desde aquella habitación.







Me cogió de la mano y me ayudó a subir las escaleras hasta su piso. Ella sonreía cada vez que nuestros ojos se cruzaban, unas décimas de segundo, antes de que desviara su mirada para buscar las llaves o para ver dónde quedaba el siguiente escalón. Un par de pisos debajo del suyo me detuve y quise hablarle, pero solo pude balbucear que iba drogado. Y era cierto, todavía podía sentir aquello que me había metido correr por mi cuerpo. Sonrió dulcemente y me dijo que no le importaba. Era una buena persona, quizá demasiado buena. Me pregunté cuántos hombres habrían hecho ese mismo recorrido aprovechándose de esa bondad y esa dulzura tan inocente que siempre la acompañaba.

Abrió la puerta del piso y entré tras ella. La casa era antigua y pequeña, llena de libros y muy ordenada, como si todos los días dedicara un par de horas a revisar obsesivamente cada rincón buscando algo fuera de lugar. Apostaría que aquel ritual no era más que una simple distracción para ahogar un poco la soledad en la que vivía. Apostaría y ganaría, porque conocía bien todos esos trucos de quien vive sumido en la monotonía de la soledad.

Se giró y vio que me había quedado anonadado, con la mirada perdida hacia el cristal de una ventana. A través de ella podía ver como las luces de la ciudad se extendían colina abajo, hasta perderse en el mar y, más al fondo, en la oscura y amenazante montaña. Era de noche y el cristal se estaba empañando por el frío y la humedad del exterior. No sabía lo que estaba viendo, estaba desorientado, las luces parecían moverse. Todo aquello me suscitó terror, pero alcancé distinguir el puerto y los grandes barcos cargados de contenedores, y recordé que aquella era mi ciudad y me sentí cómodo en aquel terror.

Vino hacia donde estaba parado y tiró de mi mano hasta su cuarto. Cerró la puerta y comenzó a desnudarme. Me quitó la camisa y me empujó hacia atrás haciéndome caer sobre la cama. Suspiré al sentir la comodidad de aquel colchón y las drogas me hicieron creer que mi cuerpo se hundía en aquella delicada superficie. Se sentó sobre mis muslos y se deshizo de aquel vestido gris. Su piel nívea brillaba a la luz de las farolas que conseguía, a duras penas, colarse por la ventana, y quise tocar aquel resplandor. Alargué mis manos y recorrí su cuerpo. Ella se deshizo del sujetador y vi sus maravillosos pechos caer hasta entrar en contacto con mi cuerpo mientras comenzaba a besarme. La apreté contra mí para sentir su calor, pero ella se deshizo fácilmente de mis brazos y descendió por mi cuerpo a desabrocharme el pantalón.

Cuando me quise dar cuenta, me había bajado los vaqueros y los calzoncillos, y había empezado a chupar. Me estremecí y cerré los ojos. Gemí del más puro placer y la miré, viendo sus ojos brillar como si fueran dos auténticos diamantes. Estaba llorando. Ella creía que no la iba a ver, que estaba demasiado ido como para darme cuenta, pero la vi. Y comprendí con brutal claridad toda la soledad que la asolaba.

Me incorporé y la alcancé con mis brazos. Tiré de ella hacia mí y la abracé con todas mis fuerzas apretándola contra mi cuerpo. Maldije a todos esos cerdos que no habían tenido reparos en follársela para desaparecer a la mañana siguiente. Hijos de puta. Cada uno de esos imbéciles habían contribuido a destrozarla un poco más. Ella no lo merecía, era la última persona de este mundo que merecía algo así. Deseé arrancarles la piel a tiras a cada uno de ellos y aumentar el dolor de sus miserables vidas.

La oí sollozar y froté mi mejilla con su pelo, al tiempo que la abrazaba un poco más fuerte. Traté de darle el poco calor que me quedaba. Al fin y al cabo, ella lo merecía más que yo. Suspiró y se secó las lágrimas. Se dio cuenta de que la estaba mirando y al instante sus mejillas se enrojecieron, sonriendo igual que una niñita que se muere de vergüenza. Se sintió culpable consigo misma tras haberse derrumbado de aquella forma ante mí. Le susurré dulcemente que no pasaba nada, que estuviera tranquila, y la dejé dormir sobre mi cuerpo. La ternura y el cariño que sentí mientras ella dormía con la mejilla apoyada sobre mi pecho fue lo más parecido al amor que alguien había sentido por ella y, probablemente, que alguien jamás iba a sentir.

Pasé la noche mirándola, pensando en ella y pensando en mí. Pensando en qué cojones estaba haciendo con mi vida. La cocaína se había clavado en mi cerebro y no me dejaba conciliar el sueño. Por el cristal empezó a filtrarse la luz del amanecer y sentí que era hora de largarse de allí. La aparté suavemente y la besé en los labios. Me vestí y me volví para verla una vez más. La llamaría luego, supuse. Y me vi a mí mismo como otro más de esos gilipollas a los que deseaba ver sufrir, pero, joder, en ese momento hubiera entregado mi vida porque ella fuera feliz.



Ya no sé si con esta lluvia eterna
no me habré acostumbrado a la humedad.

No hay comentarios: