miércoles, 17 de febrero de 2021

Inventos.

Hoy se cumplen 5 años de aquel cumpleaños tuyo que pasamos juntos. Igual ya ni te acuerdas, pero yo pienso en ese día de manera recurrente. Tú me dijiste que si íbamos al cine y yo dije que no, que quería quedarme hablando contigo. Quería seguir mirándote, saber más de ti... En fin, ya lo he escrito alguna vez. Se pueden encontrar trozos de aquel día en varias entradas de este blog. Un día que ocupa un hueco importante en mi corazón y en mis recuerdos y sigue inspirándome. 

5 años es un número demasiado redondo como para quedarme callado, dejar pasar el día y silenciar mis pensamientos. Pero ahora me lo tengo que inventar todo desde que no sé nada de ti. Me tengo que inventar que las cosas te van bien y que sigues adelante. Que duermes plácidamente, calentita bajo las mantas. Me invento que sonríes ligeramente y sin darte cuenta cuando los primeros y suaves rayos del sol te acarician cada mañana. Que tu pelo sigue igual de rojo. Me concedo el privilegio de inventar que me recuerdas con cariño y que de vez en cuando aún piensas en los momentos que compartimos. Así que me podéis llamar Jimmy Neutrón, el niño inventor. 



Y lanzan flores para la cantante,
tu nombre en letras de neón.
Mira cómo sonríe en el escenario,
qué dulce voz.
Qué divina está.





jueves, 31 de diciembre de 2020

Corolario.

A veces imagino que estoy conduciendo por una carretera de montaña en medio de la noche. Que el termómetro marca cerca de los 0° y que la fina carrocería es lo único que me separa del mundo hostil. Si fallase alguna de las miles de piezas que componen el coche tal vez esa burbuja se rompería y mi cuerpo quedaría a merced del frío y de la nada. Me pregunto qué pasaría si un exceso de confianza en alguna curva me hiciese acabar en una cuneta o en un barranco. Si el cansancio, el alcohol o alguna droga me la jugasen al volante. Sé que soy muy hábil conduciendo y no le temo a nada, pero podría suceder que un conductor en sentido contrario invadiese mi carril y lo último que viera fueran unas luces aproximándose a toda velocidad. Y yo incapaz de esquivarlas a pesar de mi pericia.

Qué imágenes atravesarían mi cabeza durante esas últimas décimas de segundo. Quién me lloraría al enterarse de que ya no estoy. Quién me olvidaría unos minutos después. Qué recordarían de mí las personas que me aprecian. ¿Sería una canción, mi sentido del humor o las palabras que alguna vez os dije porque os quería mucho? Cuánto tardaría el paso del tiempo en hacer que quien me recuerde intensamente se acostumbre a mi ausencia. Quién seguiría entrando aquí a leerme cuando le asalte la nostalgia de cuando yo existía. Creo que he dejado un completo legado, en caso de un súbito deceso, para quien quiera conocer mi manera de pensar. Y para quien quiera recordarla.

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A veces me sorprende mi fortaleza mental. Mi capacidad para vivir en el subsuelo y despertarme otro día más como si tal cosa. Encenderme un cigarro, hacer café y seguir nadando entre la mierda. A veces pienso que la música es mi único salvavidas. Escuchar una canción y saber que alguien más estuvo donde yo estoy. Esta vez está bien saber que no soy nada original. Me hace sentir un poco menos solo y me hace pensar que vivimos en una sociedad. Si tuviera que quedarme con algo de este año sería con las cosas buenas que le han pasado a gente que me importa, porque a mí no me ha pasado nada bueno. Así que aquí seguiré escribiendo hasta que me muera de asco. 




I've been the king, I've been the clown.
Now broken wings can't hold me down. 

I say goodbye to romance.
Goodbye to friends.
Goodbye to all the past.
  

domingo, 22 de noviembre de 2020

Un millón de veces.

Las calles están llenas porque las 23:50 son las nuevas 8:50. Y ahora te bebes en una hora lo que antes te bebías en tres. Y llegas a casa sin saber cómo has llegado. Y te tumbas en la cama muerto. Y no puedo no pensar en ti. ¿También apurarás el toque de queda o te habrás quedado en casa? Sin pasar frío y fresca como una rosa. Distraída con algo. Sin prestarle atención a nada que se encuentre más allá de esas cuatro paredes y sin necesidad de ello. 

Como lees yo he salido y estoy bien. Pensando mucho. Y aguantando, como Fidel en Sierra Maestra. Como Ho Chi Minh cavando túneles por toda Indochina. Mi pequeña revolución será resistir. Evitar el colapso. Pensar que aunque no estás seguiré tumbándome derrotado y solo en el sofá o en la cama y encontraré ese libro, disco o película que me rescate el día. Pensar que aún me quedan cafés salvadores a la luz del sol que calienta la mañana y cigarros de desconexión antes de seguir levantando el país. Cervezas que te reconcilian con el mundo y cruces de miradas con esa chica de la otra mesa. 

A mí me gustaría no pensar tanto en ti. Bueno, no es lo que me gustaría, pero es lo que mejor me vendría. Poder recordarte como algo bueno que pasó cuando las cosas vayan bien. Y como una cicatriz de una herida que dolió, cuando vayan mal. Y en todo caso saber que estás bien y que sigues con tus sueños intactos mientras es domingo y yo vuelvo a escribir unas tristes líneas con la sensación de haberlas escrito un millón de veces ya.



Estoy acostumbrado 
a vivir al este del Edén.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Secuela.

Yo lo intento. Pongo distancia. Trato de desandar el camino como hiciste tú hace tiempo. Son muchos los kilómetros y cada valle y cada pendiente me recuerda a las curvas de tu piel. Sé que debería olvidarte pero me da miedo el vacío que quedaría. ¿De verdad es necesario olvidar lo más fuerte que he sentido? Lo más intenso. Trato de seguir adelante intentando que tu recuerdo quede bien guardado en un pequeño y aislado compartimento en mi memoria. Y así los domingos por la tarde acceder a él y recordar que yo también fui una vez un ser humano que quería tanto a alguien como para doler así. Bien guardado como referencia para engañarme pensando que alguna vez conoceré a alguien como tú. Con una mente para perderse. Con una personalidad discreta que se vuelve arrolladora sin que me de cuenta. De esas que construyen kilómetros y kilómetros de galerías subterráneas en el corazón antes de que sea la hora de llevarte a casa y despedirnos. Si hubiera sabido que aquella vez iba a ser la última que estaríamos así... Da igual. No hubiera cambiado nada. 

Yo intento aguantar pero entonces llega una noche como anoche y vuelvo a soñar contigo. Yo no entiendo por qué me hace esto mi cabeza. En el sueño todo es tan bonito. Tú sonríes a mi lado mientras paseamos agarrados. Yo no dejo de mirarte y no importa que estemos en el sitio más bonito del mundo. Pero suena el despertador y se acaba todo. Yo me quedo aturdido y empiezo a recordar el sueño como si tratase de recoger los pedacitos de esos momentos. Tu pelo, tus ojos, tu sonrisa. Me siento pobre y desvalido. Con solo esos pedacitos hasta el día en que me muera. Y nada más.



Estoy tan cansado de ser como soy.
Todo lo que dije lo dijo alguien ya.

Si elijo una boca, la boca del lobo es para mí.
Si llego a la meta marcaré en mi puerta, ¡claro que sí!
Si mato una cosa será mariposa, soy así.



viernes, 29 de mayo de 2020

Contraportada.

¿Cómo será todo en unas décadas? Me imagino un mundo con cierto aire cyberpunk. Habrá un robot que te escriba un texto como los que hoy te escribo aquí. Una inteligencia artificial analizará miles de textos de su base de datos, los cruzará con tus búsquedas de Google o con las canciones que más has escuchado últimamente y te ofrecerá una combinación de palabras pensada para emocionarte. Lo habrán diseñado unos japoneses. Yo no serviré para nada. 




Baby, I’ve got a heart that’s haunted
and in your cold and empty bed, you’ll think of me,
you’ll think of me.

But you should know, girl, that I’ll be crying
out on that lonely road where not a soul can see
I’ll shed my tears for a love that’s dying
and in your cold and empty bed, you’ll think of me, oh yes,
you’ll think of me.

The summer sun, girl, will bring a stranger
and he'll be better to you than I used to be.  
And when he takes you into his arms, girl,
well, in your warm and loving bed
you won't think of me, no, no.
You won't think of me.

  

viernes, 15 de mayo de 2020

Epílogo.

Permitidme que me ponga serio ahora que ha pasado más de un año desde la primera vez que la probé y muchos meses desde que decidí que ya no más. Incluso desde la última noche que fui débil. Solo quería decir que he cumplido. Que dije basta y así fue. Que incluso he dejado algún mal hábito más por el camino y que he adquirido algunos mejores. Dentro de lo malo que fue, sobreviví. Sin secuelas aparentes, a pesar de lo que hice algunas noches que no quiero recordar. Y maduré.

Pero no todo es tan sencillo. Hay noches que sé que si la tuviera cerca volvería a probarla. Y lo haría porque no tengo esperanza. No hay futuro. Solo la posibilidad de haber tirado diez años de mi vida a la basura y la incertidumbre de no saber si voy a ser lo bastante fuerte para empezar de cero. Diez años. Da vértigo. ¿Cuántos "diez años" me quedarán? Me da miedo pasarme el resto de mi vida sin nada, encadenado a un sitio que adoro, pero en el que ya no tengo a nadie. Salvo a mis pobres padres, que no se merecen todo esto, y por los que intento seguir a flote.

Solo tendría que hacer una llamada y en un rato la volvería a sentir en mi garganta. Porque no he probado nada que me evada más. Es así. Pero luego hace que te duela todo, incluso un año después. Es lo que tiene esta droga. Te deja en el infierno después de pasar por el cielo. Tengo miedo de que no haya nada por lo que estar bien. Tengo miedo de una vida vacía, con todos los sueños agotados. Una vida en la que esta química sea lo único que me haga sentir algo.

Sería tan fácil como hacer una llamada. Pero no lo he hecho.



Si no fuera porque 
me tienen que enterrar
y que dos cipreses negros
se comerán mis sueños.
Si no fuera porque 
es tan triste convertirse en recuerdo. 

martes, 5 de mayo de 2020

Diarios de la peste (VIII)


A veces me despierto como si me hubiera pasado un trailer de diez toneladas por encima. Como aquella canción de los Smiths pero sin que tú estés a mi lado. Te quedas en el sueño y cuando despierto me paso cierto tiempo como un conejo deslumbrado por los faros de un coche en una carretera comarcal. Me quedo un rato mirando al techo y me voy resituando. Intento armarme de valor para afrontar un nuevo día. Lo intento. Me fumo el primer piti. Me aferro a la rutina de siempre, haciendo todo lo posible por mantener la cabeza ocupada. A veces tardo un poco en poner música y me bebo el café a solas, en silencio. La música se ha vuelto peligrosa porque todas las canciones hablan de ti. O de mí. O de nosotros.

Me pregunto cuándo dejaré de repasar los momentos que compartimos. De buscar otros significados a tus gestos, a tus miradas y a tus sonrisas. A tus preguntas y a tus respuestas. Cuándo dejaré de inventarme recuerdos y momentos que nunca compartimos y que nunca sucedieron. Ciudades que nunca visitamos y besos que nunca nos dimos. Falsos momentos que solo existen en mi cabeza y que no sé muy bien por qué motivo escribo aquí. Ahora soy consciente de que perder algo no duele tanto como perder algo que pudo ser. Saber que no lo podrás probar nunca y no saber cómo hubiera sido todo. Miras tu vida con resignación sabiendo que sería diferente. Y no es difícil imaginar que seguramente sería mejor. Te sientes un poco tonto porque pensabas que eras de hierro, pero eres de papel y esto duele demasiado. 



Quise cortar la flor más tierna del rosal
pensando que de amor no me podría pinchar. 
Y mientras me pinchaba me dijo una cosa:
una rosa es una rosa, una rosa es una rosa.