domingo, 22 de noviembre de 2020

Un millón de veces.

Las calles están llenas porque las 23:50 son las nuevas 8:50. Y ahora te bebes en una hora lo que antes te bebías en tres. Y llegas a casa sin saber cómo has llegado. Y te tumbas en la cama muerto. Y no puedo no pensar en ti. ¿También apurarás el toque de queda o te habrás quedado en casa? Sin pasar frío y fresca como una rosa. Distraída con algo. Sin prestarle atención a nada que se encuentre más allá de esas cuatro paredes y sin necesidad de ello. 

Como lees yo he salido y estoy bien. Pensando mucho. Y aguantando, como Fidel en Sierra Maestra. Como Ho Chi Minh cavando túneles por toda Indochina. Mi pequeña revolución será resistir. Evitar el colapso. Pensar que aunque no estás seguiré tumbándome derrotado y solo en el sofá o en la cama y encontraré ese libro, disco o película que me rescate el día. Pensar que aún me quedan cafés salvadores a la luz del sol que calienta la mañana y cigarros de desconexión antes de seguir levantando el país. Cervezas que te reconcilian con el mundo y cruces de miradas con esa chica de la otra mesa. 

A mí me gustaría no pensar tanto en ti. Bueno, no es lo que me gustaría, pero es lo que mejor me vendría. Poder recordarte como algo bueno que pasó cuando las cosas vayan bien. Y como una cicatriz de una herida que dolió, cuando vayan mal. Y en todo caso saber que estás bien y que sigues con tus sueños intactos mientras es domingo y yo vuelvo a escribir unas tristes líneas con la sensación de haberlas escrito un millón de veces ya.



Estoy acostumbrado 
a vivir al este del Edén.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Secuela.

Yo lo intento. Pongo distancia. Trato de desandar el camino como hiciste tú hace tiempo. Son muchos los kilómetros y cada valle y cada pendiente me recuerda a las curvas de tu piel. Sé que debería olvidarte pero me da miedo el vacío que quedaría. ¿De verdad es necesario olvidar lo más fuerte que he sentido? Lo más intenso. Trato de seguir adelante intentando que tu recuerdo quede bien guardado en un pequeño y aislado compartimento en mi memoria. Y así los domingos por la tarde acceder a él y recordar que yo también fui una vez un ser humano que quería tanto a alguien como para doler así. Bien guardado como referencia para engañarme pensando que alguna vez conoceré a alguien como tú. Con una mente para perderse. Con una personalidad discreta que se vuelve arrolladora sin que me de cuenta. De esas que construyen kilómetros y kilómetros de galerías subterráneas en el corazón antes de que sea la hora de llevarte a casa y despedirnos. Si hubiera sabido que aquella vez iba a ser la última que estaríamos así... Da igual. No hubiera cambiado nada. 

Yo intento aguantar pero entonces llega una noche como anoche y vuelvo a soñar contigo. Yo no entiendo por qué me hace esto mi cabeza. En el sueño todo es tan bonito. Tú sonríes a mi lado mientras paseamos agarrados. Yo no dejo de mirarte y no importa que estemos en el sitio más bonito del mundo. Pero suena el despertador y se acaba todo. Yo me quedo aturdido y empiezo a recordar el sueño como si tratase de recoger los pedacitos de esos momentos. Tu pelo, tus ojos, tu sonrisa. Me siento pobre y desvalido. Con solo esos pedacitos hasta el día en que me muera. Y nada más.



Estoy tan cansado de ser como soy.
Todo lo que dije lo dijo alguien ya.

Si elijo una boca, la boca del lobo es para mí.
Si llego a la meta marcaré en mi puerta, ¡claro que sí!
Si mato una cosa será mariposa, soy así.