sábado, 2 de noviembre de 2019

Definitivamente.

Te deslizas por la entrada sin que aún me haya dado tiempo a guardar las llaves, como una niña que conoce su nuevo hogar tras una mudanza. Yo entro después y tú ya has atravesado el recibidor y estás recorriendo el imponente salón asomándote a cada uno de los ventanales. Dejo las maletas y cuando vuelvo a mirar ya has desaparecido por el pasillo. En mis piernas se hacen palpables los kilómetros conduciendo y una sensación de pesadez en la cabeza me pide a gritos cerrar un poco los ojos. Asomándome a la ventana veo a lo lejos la ciudad descendiendo hasta el mar y yo intento imaginar cómo sería la vista antes de que los grandes edificios sustituyeran a las antiguas y humildes viviendas. "Sí que es grande la casa", pienso cuando unos segundos después de esa abstracción recuerdo que te tengo aquí y que no has vuelto, y entonces me olvido de todo lo demás. Estamos solos. Unos segundos después apareces y dices que te vas a probar esa ducha ultra moderna que dices que has descubierto. Cuando te vas y al avanzar un poco por la casa descubro una estufa de leña que alguien se ha encargado de preparar y un señorial butacón al lado. También una enorme y mullida cama y al tumbarme un poco acabo dormido de manera casi fulminante.

Cuando despierto tú estás tumbada a mi lado y me miras. Llevas un batín rojo un poco desabrochado que me deja contemplar tu hombro derecho y tu clávicula marcándose sobre la piel. Al volverte a mirar a los ojos siento que no los has apartado de mí mientras te miraba y yo noto que me pongo un poco rojo. —Vaya siesta te has pegado—, me dices. —Tú también puedes dormirte si quieres—, contesto mientras una décima de segundo después pienso que soy tonto, porque no quiero que te vayas a dormir, aunque lo entendería si lo hicieras. Y si lo hicieras yo haría lo propio después de un último cigarrillo mirando hacia dios sabe donde asomado a uno de los ventanales y pensando en ti.

Pero no te vas a dormir, y me besas. Siento tus labios sabiendo que no voy a olvidar nunca su textura y mientras tanto tu mano derecha se posa en mi pecho. Creo que eres capaz de sentir la subida de pulsaciones que acabo de experimentar y a mi me gusta pensar que tienes mi corazón en tus manos. Nos volvemos a mirar y me incorporo un poquito hacia ti y te cojo suavemente del costado casi sin notar el batín. Solamente puedo notar tus caderas y tu culo cuando decido bajar un poco más y agarrarte de manera un poco más firme. Yo no sé si te imaginas lo que siento al ver que te muerdes el labio inferior pero entiende que nunca había sentido algo tan intenso y que no soy consciente ya. Es díficil creer que pueda acariciar así tu piel y ver tus ojos tan de cerca. A esta distancia es imposible no perderse en ellos. Es difícil de creer y yo comienzo a sospechar pero si esto es un sueño al menos que sea intenso y bonito. Que me quiten lo bailado. Ya más envalentonado y sin nada que perder decido probar a bajar a besarte en el cuello y volver a bajar a besarte en la clavícula y así sucesivamente hasta que el mundo parece detenerse y definitivamente esto debe ser solo un sueño.



Lo intenté por tercera vez
me enfundé en mi traje beige,
miré hacia el suelo y me santigüé,
te encontré entre los escombros.

Y tú con tu voz,
esa voz
y tu pálida piel.


viernes, 11 de octubre de 2019

Tu nombre en el andén.

Me muero por dentro cuando vengo a contarte una maldad y tú me recibes de la manera más dulce e inocente. Ya sé que no te gusta que te vea así, solo es que a veces lo haces sin proponértelo pienso, aunque no me sorprendería lo contrario. Yo ya no sé qué pensar y cada vez soy más idiota. En ese momento me muero, me dejas a cuadros y se me pasan las ganas de contártelo. Siento que tendrás mil cosas mejores que hacer que aguantarme. Normalmente superamos el bache y podemos tener una conversación normal y entre todo al final me digo a mi mismo que puedo intentar estar un poco mejor y ser mejor persona.

Durante toda esta escena no puedo estar más nervioso. Como la primera vez que te vi, o como todas las veces que siguieron. Como antes de llamarte por teléfono o incluso de enviarte un mensaje y estar pensando qué me responderás. Como los días, las horas o los minutos —en función de lo liado que haya ido— antes de verte. Como cuando antes de que llegues me fumo el último piti sabiendo que no tardarás en aparecer.

Quizá no sean nervios y sea otra cosa y otra sensación parecida. A veces pienso que mi inconsciente es más consciente que yo mismo de lo que significa para mí compartir al menos un trocito de mi vida contigo. Uno a veces se pone a pensar en las casualidades de la vida y se siente pequeño al imaginar que cualquier mínimo cambio podría haber mantenido alejadas nuestras vidas. Asusta pensar que conocer a una persona tan especial dependa de tantos factores que no puedes controlar. Y aunque quizá las cosas pudieran ser diferentes, pensar que existes hace de este mundo un sitio más agradable.


Olvidar quince mil encantos
es mucha sensatez.
Y no sé si seré sensato
lo que sé es que me cuesta un rato
hacer cosas sin querer.

martes, 8 de octubre de 2019

Sitios distintos.

Ponte en situación. Me dices que si quiero entrar al cine. Me encanta el cine como pocas cosas más. Pero, como si lo tuviera escrito a fuego, pienso en que solo me quedan unas pocas horas contigo y te digo que antes me muero que no poder mirarte ni escucharte durante esas pocas horas que nos quedan. O que me quedan, me da igual. Pero al menos yo lo siento tan intenso que quiero aprovechar ese tiempo para que me cuentes un poco más de ti, para saber lo que pasa por tu cabeza, para verte sonreir, para perderme otra vez en tus ojos... Me muero si tengo que pasar esas dos horas largas que nos quedan mirando una pantalla mientras tú estás a mi lado y yo no puedo verte. Imagínate que después de despedirnos vuelvo a casa y por el camino me salgo de la carretera u otro vehículo invade mi carril y no apareces en mi mente durante esos segundos antes del choque. Sería el peor final posible, morir habiendo visto una película en vez de a ti.

Olvídate del cine y déjame volver a recorrer lo que alcanzo a ver de tu piel. Déjame que intente memorizar las curvas de tu cuerpo para que me pueda morir recordándolas. Permíteme disfrutar de esas ocasiones en las que apartas la mirada mientras sonríes con un poquito de verguenza o cuando miras distraída hacia cualquier lugar. Del simple brillo de tu pelo a la luz del atardecer. Para mí sería mejor que cualquier película, aunque sea de John Huston, aunque salga Hedy Lamarr. Déjame hacerlo antes de volver a casa y pensar que quizá querías ir al cine para evitar esto y perderme de vista ya. Déjame hacerlo porque quizá sea la última vez que estemos así o por si acaso nunca quieras verme más.


Pero desde el momento en que te pude tener
ya solía sentir que te había perdido.
Entiende que yo a este lugar
no pretendía llegar.

viernes, 2 de agosto de 2019

Desilusión.


Mi amigo y yo volvemos a la mesa y parece que el sitio se ha vaciado un poco. De fondo suena un rock bastante oscuro, algo cortante y sucio, a juego con el ambiente que se respira por aquí. Pero algo empieza a ir mal. Estoy un poco mareado y de reojo creo ver caras que me observan. Yo miro al suelo mientras pienso cómo esta gente puede saber que hace un minuto aquello subía como un fogonazo por mi cabeza, me bajaba por la garganta y se expandía por mi corazón y por mis pulmones. Si es que no puede ser que nos hayan visto y juraría que me he limpiado y que antes de salir mi cara no parecía mucho más destrozada que de costumbre. Al final llego a la mesa sin saber muy bien cómo y le doy un trago a la copa y creo que me recupero un poco. Miro a mi alrededor y la gente parece ajena a todo y me tranquilizo. Hay un grupo de jóvenes que siguen bebiendo y que se rien de forma estúpida, una pareja enrollándose y un viejo en la barra mirando hacia las bebidas encogido de hombros, entre otros. Miro a los chavales de manera condescendiente y pienso que no nos llegan ni a la suela de los zapatos con sus ron cola o lo que sea que beben.

Ha pasado algún minuto y la conversación me centra un poco. Una amiga comenta no sé qué de no sé quién y mi amigo le contesta jocosamente haciendo que nos ríamos todos. Ya siento esa sensación como metálica en la garganta que me encanta y eso me asusta un poco. Esa sensación de adormecimiento en la la lengua y en el paladar como una anestesia. A pesar de que voy bastante perjudicado soy consciente de que no me sería difícil acostumbrarme a esto, que quizá ya lo haya hecho y que esto puede acabar bastante mal. Igual que cuando decía que jamás fumaría porque si me quedase sin tabaco me daría pereza bajar a por más. Qué ilusos somos. 

Un rato más tarde decidimos pedir una más, "la última y nos vamos", dice alguien por ahí. Ya veremos. Si me fuese ahora a casa no podría dormirme, tendría la cabeza tan acelerada que daría vueltas en la cama hasta las 9 de la mañana pensando en todo. Esta vez decido pasar al whisky con hielo, que siempre sienta bien y que si es bueno no deja resaca, como siempre digo y a veces creo. Nos salimos a fumar un poco y en la calle hay movimiento a pesar de las horas que son. Pasan grupos de jóvenes ocupando todo el ancho, pasa algún vendedor callejero y pasa la policía y nos mira y los miramos.

Mi cerebro está a tope, como si pudiese sentir aquello adherido ahí, y me fijo en todo lo que pasa a mi alrededor. Y en un instante entre un grupo de chicas asoma el brillo de unos cabellos como los tuyos y una piel como la tuya y yo me quedo blanco. Son dos segundos de infarto que con lo que llevo dentro parecen dos horas. Dos segundos hasta que la chica me mira y veo que no se parece tanto a ti como pensaba. Ellas siguen su camino y me giro hacia donde sigue la conversación y me dicen que si estoy bien. Yo digo que sí y alguien dice si nos hacemos otra. Entramos, vamos al baño y cuando vuelvo a ser consciente son las 9 de la mañana y estoy en mi piso. No he dormido y el sol ya se empieza a colar entre los edificios y sus rayos impactan contra los muebles y las paredes del salón. Yo me tomo un momentito para pensar en ti y en todas las cosas malas que hago y me asomo al balcón y allí la gente empieza a caminar por la calle hablando alegremente entre ellos. Yo solo me pregunto que cuándo dejará de hacer efecto esto y cómo coño voy a enfrentarme a este nuevo día.



Traté de asomarme a un abismo
y, hermano, el abismo estaba ahí.
Óyeme, este camino
ha de tocar a su fin.
Creí ver molinos en el horizonte
y allí me di de bruces con gigantes.
Y nada fue tan real. 

jueves, 25 de julio de 2019

Punto de no retorno.

Es lunes y estoy demasiado borracho, otra vez. A pesar de que esta mañana pensaba en morirme al madrugar para ir a currar y juraba que por la noche me iría pronto a la cama y dormiría 8 horas. Pero he bebido demasiado y he tomado otras cosas que no me convendría confesarte. En mi defensa diré que me he recogido pronto, ya estoy en casa, y ahora he salido a fumarme el último o el penúltimo a la terraza. He mirado hacia algún lugar en la oscuridad, orientándome hacia donde a cientos de kilómetros está tu ciudad, y me he preguntado si al menos piensas alguna vez en mí, porque ya sé que no piensas en mí como yo pienso en ti. Porque si fuese así no me habría metido todo lo que me he metido. 

Quizá lo peor de mí sea que me cuesta la vida hacer cosas buenas por mí, como dejarlo, y que solo podría hacer esas cosas por la gente que me quiere, si esa gente existiera. Por eso últimamente mi vida se basa en estar plenamente consciente el menor tiempo posible. Y por eso casi es mejor que no sepas nada de mí y que no estés aquí. Me daría verguenza que vieras todo esto, y que lo leyeras también. Pero quizá si tú estuvieras aquí todo estaría bien. Iríamos a buscar fósiles, al cine y bajaríamos los domingos a la playa. Ya puedes imaginarte el caos que hay dentro de mi cráneo. 

Seguramente mañana volveré a salir otra vez y llegará el momento en el que tenga que elegir entre decir que sí o que hoy no. Volveré a pensar en ti y en lo triste que es hacer aquello que te dije que no iba a hacer jamás. Me imaginaré que estás aquí y que me envuelves en tu indiferencia, como si yo no te importara nada, para después desaparecer. Pero una fracción de segundo después miraré a mi alrededor y veré que no estás y me convenceré de que qué más da si estarás felizmente dormida bien lejos y nunca te enterarás.

Quizá esto sea una confesión y —como quizá sea el texto más verídico que he vertido aquí— ahora el lector con unas mínimas nociones de psicología sepa más de mí que yo mismo.



Paso las noches esperando el día,
pensando que aquel fuckin’ día se repetiría.
No puedo dormirme porque no has aparecido,
me hago una raya y un porro y le pido a Cupido.



jueves, 11 de octubre de 2018

Cielo del norte.

"Ahora que he vuelto a oír tu voz, ya solo me queda volver a ver tus ojos". 

Después de pronunciar aquello noté un risa leve y dulce al otro lado del teléfono e imaginé una sonrisa de iguales magnitudes dibujada en tus labios. Resolviste el tema con tu clásico "anda ya" y entonces el que sonreía era yo. Después de un silencio expectante nos despedimos y nos emplazamos una última vez a nuestro ansiado encuentro que habría de producirse unas semanas más tarde en la ciudad en la que había empezado todo. La ciudad donde transcurría la mayor parte de aquellos libros que tanto nos habían marcado a ambos: la ciudad del cementerio de los libros olvidados.

Los días fueron pasando y la rutina seguía siendo ineludible. El paso de los días no dolía tanto cuando significaba estar más cerca de volver a abrazarte. Era fácil acabar soñando contigo cuando lo último que veía antes de dormir en la mesilla de noche era alguno de aquellos libros y tus cartas que unas horas antes había releído por enésima vez. En aquellos sueños caminábamos juntos, hablábamos y estábamos juntos todo el tiempo. El perfume que alguna vez había impregnado aquellas cartas flotaba en el ambiente. Lo único malo era despertar sin ti y que aquellas cosas ocurrieran con más frecuencia estando dormido que despierto. El día que íbamos a vernos desperté y salté como un resorte de mi cama, espoleado al pensar que quedaban pocas horas para que cogieses tu tren y que en solo unas pocas más yo partiría hacia aquella ciudad desde otro lugar para acabar encontrándonos al final.

Pasé aquella mañana haciendo algún último recado y al regresar a casa solo tuve que enfundarme un abrigo más grueso que habría de protegerme del frío de aquella ciudad norteña. Recorrí los centenares de kilómetros que me separaban de las calles que nos habíamos propuesto recorrer sin poder pensar en otra cosa, con los nervios a flor de piel conforme aparecían y desaparecían las señales que juraban que ya solo quedaban unas horas y después unos minutos para llegar. Miraba a mi alrededor buscando algún tren dirigiéndose a la ciudad pensando si sería el tuyo e imaginándote protegida tras un cristal, con tus ojos y tu rostro reflejándose en él mientras contemplabas el horizonte.

Barcelona me recibió sumida en su rutina de automóviles y transeúntes embutidos en sus abrigos como hormigas desplazándose aquí y allá. A mi alrededor se abrían avenidas inmensas flanqueadas por edificios con más historia de que la podía asimilar en los escasos segundos que duraban sus siluetas en mis retinas. Aparqué el coche y al salir al exterior me recibió un viento frío que, combinado con el agarrotamiento de las piernas, me hizo titubear. Sentí que había subestimado el invierno barcelonés y pensé seriamente en buscar cualquier tienda de abrigos, pero la hora de llegada de tu tren se acercaba y no me perdonaría no estar allí para entonces así que me encaminé hacia la estación de Francia deseando que el movimiento calmase aquella sensación en el cuerpo.

Pero no fue el movimiento sino los nervios los que me hicieron entrar en calor, o al menos olvidar aquella sensación. Tu tren llegaba con retraso y mientras pensaba que tenía que haber ido a la tienda comenzaste a descender los escalones de la estación ágil y segura, pero sin prisa, como si no llevara casi media hora esperándote. Habían volado dos cigarrillos y estaba a punto de sacar el tercero pero lo olvidé porque ahora ya me podía concentrar en observarte y en contar los segundos hasta que nos abrazáramos. Llevabas un abrigo azul, un azul casi eléctrico, y más abajo me fijé en tus piernas bajo unos pantalones negros que descendían hasta acabar en unas botas que pisaban con suavidad el cemento de la calle. Me despegué de la pared y di unos tímidos pasos hacia ti sin atreverme a despegar mis labios. "¿No vas a decirme nada?", me dijiste con una media sonrisa que me puso aún más nervioso mientras volvía a sentir que llevas mejor los reencuentros que yo. "Pues que te echado mucho de menos, norteña", acerté a decir yo mientras mis pasos se iban haciendo más cortos conforme nos acercábamos. Lo siguiente que sentí fue tu cuerpo junto al mío y ese abrazo deseado durante tanto tiempo que indicaba que ya se había parado el mundo y que poco más importaba más allá de lo que alcanzábamos a ver, que en mi caso entonces no era más que tu melena acariciando mi cara.

Había vuelto a ver tus ojos y a recordar aquel color azul. Si solo hubiesen podido ser cinco minutos igualmente me habrían bastado para volver a poder recordarlos durante años y para pensar que por ahí en el mundo siguen habiendo cosas que merecen la pena, algo a lo que agarrarse en esos días en los que solo quieres desaparecer. Pero ya habían pasado más de cinco minutos y seguías ahí. No te habías volatilizado como Óscar pensaba que en cualquier momento le ocurriría a Marina. Todavía muy cerca pude comprobar que todo seguía igual: tu sonrisa delicada y tu labio inferior con esa curva perfecta, tu piel blanca y tu melena que a la luz del sol de invierno brillaba con un color parecido al de la miel. También seguía ese acento que me volvía loco en tu voz y el sarcasmo dulce en tus palabras constatando una vez mi cara de idiota.

Decidimos que ya era hora de ponerse en marcha y nos encaminamos hacia el centro de la ciudad. Bajamos en dirección a las Ramblas y torcimos hacia el paseo marítimo. A lo lejos empezaba a divisarse Montjuïc y el teleférico que ascendía casi desde las mismas aguas. Tu querías ver el mar y yo me estaba muriendo de frío pero era imposible no sonreír al verte distraída con las olas que llegaban al puerto. No podía decir nada.

- Te estás muriendo de frío, ¿no?- me dijiste al darte cuenta de que llevaba cinco minutos sin hablar.
- Así es, norteña- confesé.
-¿Y por qué no me lo has dicho?- preguntaste.
- Pues porque ya sabes que me gusta hacerme el duro.
- Y porque eres idiota.
- Y porque soy idiota.

Nos refugiamos unos minutos más tarde en un café del barrio Gótico. Al fondo las paredes rebosaban de baldas llenas de libros y en medio varios butacones confirmaban que aquel sería el lugar donde pasaría muchas tardes si viviese en aquella ciudad. Casi podíamos imaginarnos a David, a Isabella o a Daniel pasando tardes lluviosas en aquel café. Yo podía imaginarte también cobijada entre aquellas paredes, ajena a la tediosa rutina del exterior. Pero por suerte, sin acabar de creérmelo del todo, tu atención no era para ningún libro sino para mí. Tomando asiento al otro lado de una pequeña mesa, de un tamaño poco más que suficiente para albergar dos cafés al mismo tiempo, te deshiciste del abrigo y dejaste ver un jersey blanco que te marcaba los hombros y las clavículas. "Sabía que te iba a gustar, por eso me lo he puesto, sureño", dijiste adivinando mis pensamientos mientras yo me ponía rojo. Fue el momento de ponernos al día, aunque a veces nos quedábamos mirando el uno al otro en silencio durante minutos. Alguna cosa había cambiado respecto a años atrás, y es que ahora era bastante capaz de aguantarte la mirada. Pensé que entre nosotros había algo que, por mucho que se pudiera estropear en alguna ocasión, siempre se podía arreglar con un par de cafés y un abrazo. Simplemente con vernos y estar un rato juntos. Me alivió saber que aún nos quedaba ese as en la manga. 

Unas horas después, cuando salimos de aquel lugar, el sol se había esfumado y unas nubes amenazantes se habían apropiado del cielo barcelonés. El frío se dejaba notar otra vez con fuerza y el aliento se transformaba en vaho al salir al exterior, pero pensé que aquella atmósfera era la más adecuada para los edificios grises y misteriosos que poblaban aquel barrio. Seguimos caminando, cada vez más juntos, hasta que las primeras gotas hicieron acto de presencia. La débil llovizna inicial fue aumentando su intensidad, transformándose en una densa cortina de agua que hizo que pasear fuera poco a poco más impracticable. Terminamos corriendo por las calles sin apenas mirar si venían coches. Acabamos llegando al portal de nuestro alojamiento cinco minutos después de que la lluvia empezara arreciar con fuerza. Abrimos la puerta y entramos en la planta baja tratando de recobrar el aliento tras la carrera por las calles de Barcelona. Allí nos recibió el portero del edificio que nos miraba con lo que parecía una mezcla de lástima y envidia de manera simultánea. Completamos los trámites y por fin ascendimos hasta nuestra habitación deseando poder entrar en calor. Te vi fijándote en los adornos, casi excesivos, de las paredes por las que ascendía una suntuosa escalera propia de los pisos acomodados de los años veinte. La débil luz de las bombillas a penas hacia brillar la barandilla, otorgándole al interior del edificio ese aire de vejez elegante cuyos días de vino y rosas habían quedado olvidados tiempo atrás.

Nuestras miradas se encontraban cada cuatro o cinco escalones, en un ciclo que solo se detuvo al llegar al piso. Nos recibieron muebles viejos, acordes a la apariencia exterior del edificio. A pesar de que habían sido previsores, las habitaciones estaban todavía frías, sin imponerse todavía la calefacción. Me aseguré de que todo estaba en orden en la casa mientras te secabas y apartabas la ropa empapada en el cuarto de baño. Yo hice lo propio y al acabar te encontré en el salón, guarnecida bajo una manta a cuadros y acurrucada en un enorme butacón. Ya habías descubierto el mejor lugar del apartamento y desde allí contemplabas las calles de la ciudad desde el Tibidabo hasta el mar, unas calles que parecían existir solo por las miles de luces que a duras penas resistían el asedio de la lluvia y del anochecer. Todavía no había entrado en calor después de cambiarme de ropa y te pedí permiso para meterme también bajo la manta. Tú negaste como si estuviera tonto mientras te hacias levemente a un lado y levantabas la manta ofreciéndome un hueco en el butacón. Notaba el calor de tu cuerpo y sin darme cuenta tus piernas habían acabado sobre las mías. La gravedad había hecho su efecto y tu cabeza descasaba ya en mi hombro, muy cerca de mi pecho. El frío ya no existía y yo no podía dejar de mirar el color rojo de tus mejillas, tus ojos cerrados, de sentir tu respiración leve y tu pelo acariciando mi cuello. La vida debió continuar ahí fuera, al otro lado del cristal, pero a nosotros en aquel momento no nos importaba lo que sucediese en el mundo.

- ¿Crees que escribirás esto?- dijiste sin ni siquiera abrir los ojos.
- Es muy probable, norteña...
- Ya sabes que me gustaría leerlo.
- Lo leerás, lo leerás- sentencié.

Te abracé un poco más fuerte y supe que no iba a olvidar aquellos días hasta que me muriese.





Hace tiempo estoy esperando,
hace tiempo me apagué.
Hace tiempo estoy vagando
entre gente que olvidé.
Y si pudieras poner
en orden cuanto sé. 

lunes, 18 de junio de 2018

Incerteza.

He de reconocer que ya no recordaba la fascinación que me produce el hecho de que nunca conoces a nadie de verdad hasta que os miráis el uno al otro separados por dos centímetros de distancia. No es lo único que necesitas para conocer a fondo a alguien, pero lo necesitas. En esas circunstancias un rostro es totalmente diferente, hasta el punto que al abrir los ojos por primera vez después de probar sus labios piensas que qué ha podido pasar. En ese momento descubres nuevos matices en sus ojos, nuevos ángulos en su sonrisa y en sus mejillas, y hasta puedes adivinar lo que parece una nueva textura en su piel. Y todo eso en unas décimas de segundo. Demasiado en tan poco tiempo. Suficiente para dejarme aturdido durante toda la noche, únicamente pudiendo pensar en eliminar de nuevo esos dos centímetros de distancia y volver a sentir el contacto de sus labios.  
Llevamos horas aquí metidos, pero juraría que solo han pasado unos minutos. Es un tópico, lo sé. No sé si es que me han hipnotizado esos ojos pero me quedaría aquí para siempre. Yo te digo que es una mierda que la cama sea tan pequeña y tú me dices que está bien, que tiene sus ventajas. Así de idiota estoy. Pero me asusta que las montañas, los ríos y los bosques de tu país queden a tres mil millones de centímetros de distancia de aquí. Aún así, estaría bien estar contigo si hay un final. Quisiera hacerlo bien. 
Ya se acaba otro día sin saber de ti y escribo estas líneas mientras recuerdo tus ojos brillando, coronando la sonrisa más amplia que te he visto nunca. También con esa sensación de no saber si volveré a verte que tenía cuando te esfumaste por tu calle camino a casa, después de aquella última sonrisa. Pienso en tu cuello, en mis labios besándolo y mis manos acariciando tu pelo. Pienso en tu sonrisa iluminada por el sol de mi tierra y en tu piel resplandeciendo en mitad de la noche y yo mirándote con cara de bobo y sin saber qué decirte. Me asusta volver a la cruel rutina que aniquilaste. Los últimos rayos de sol se despiden y otra vez me pregunto qué estarás pensando, si estarás bien, si querrás saber de mí.



No fui yo quién le robó el azul al cielo,
por favor es decir mucho con un ruego.
Abrazar de nuevo el instante
me está haciendo levitar.